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lunes, 18 de mayo de 2015

Entrevista a César Aira

















Apreciado César,
En la librería en la que trabajo me dijeron que en 2015 se expondría Teatro proletario de cámara de su amigo y maestro Osvaldo Lamborghini. Cuando oí la noticia, yo, que nací en el 79, en una ciudad que aún celebraba el boom latinoamericano entre tortillas y hamburguesas*, no había leído El fiord ni El niño proletario ni Sebregondi retrocede ni Tadeys. De hecho, de su amigo-maestro sólo conocía el teatro porque en la librería tenemos una edición facsímil. La guardamos en una vitrina, bajo llave. A veces la hojeo, pero sin abrir demasiado sus páginas para no estropearlas o tener que explicarle a un cliente que esas imágenes de mamadas setenteras, bizarramente tuneadas y con textos intercalados (a veces manuscritos y otros mecanografiados) son en realidad otra cosa, pero ¿qué cosa? ¿Una obra de arte? ¿Una novela? ¿Un manifiesto? ¿Un adoquín? (Su semejanza es sospechosa…) Para mí, la respuesta es un misterio, aunque a día de hoy ya haya leído gran parte de los poemas y cuentos de Lamborghini, incluida su novela. ¿Me ha gustado? Sí, en la medida en que me confirma que hay estados que sólo genera la literatura y eso tiene su mérito. ¡Lástima que me haya hecho sufrir tanto! Su amigo, ¿no pudo ser valiente de otra manera? ¿Qué aprendió de las mujeres a las que, según usted, tanto amaba? (Si no se ve en situación de responder a esto, dígame al menos cuál considera que es la mejor innovación de la Historia y por qué. Me intriga.)

sábado, 7 de febrero de 2015

Sobre lo monumental

Lo que yo llamo monumental no es una cuestión de tamaño o de “estridencia”; es simplemente cuestión de colectividad, de conciencia colectiva. Lo que va más allá de lo “particular”, lo que alcanza lo colectivo, puede (y tal vez debe) ser monumental.
—Lina Bo Bardi

domingo, 21 de diciembre de 2014

LO BUENO DE CIERTOS INCENDIOS

LA LÍNEA SIN FIN. 1870-2035



Y con esto se cierra el motivo principal que me llevó a escribir mucho menos en este blog.
Entre miles de cosas, ha sido bello descubrir a Pompeu Gener, Las mujeres del mañana de Apeles Mestres y la cementera Asland, revistar las juergas de Santiago Rusiñol, leer sobre novela rosa anarquista, espiritismo y los pentalfa, meternos en la piel de J. V Foix pese a tener un catalán precario, recurrir a la papiroflexia, pensar en las manos de Manolo Hugué y los crucifijos de Cristófol, perdernos en los diarios de Maria Aurèlia Capmany y celebrar la fascinación de Francesc Trabal por la velocidad, releer a Calders, disfrutar de los tres tomos de Incerta Glòria, hablar con Ester Pino sobre la extraperlo aplicado a la escritura, saber que Barcelona perdió a un poeta en sus alcantarillas, visitar el Walden, bosques con penes y vaginas gigantes y un par de fábricas con Clara, hablar sobre cabellos largos y esculturas de rotonda con Hidrogenesse o de la pertinencia de abrazarse a un caballo con Vila-Matas y proyectar hacia el futuro un presente incierto y acabar con bonito colofón.
¡A ver qué toca ahora!

Podéis encontrarlos aquí.


jueves, 16 de octubre de 2014

Una extraña en gabardina

En los años ‘70, Silvina Ocampo ya era una figura a la vez venerada y enigmática de la literatura latinoamericana, que se negaba a dar entrevistas o responder cuestionarios. Pero, no obstante, los encantos, la persistencia y la desfachatez de una joven periodista la convencieron de aceptar hablar de todo menos de literatura. Treinta años después, María Moreno publica Vida de vivos, una compilación de entrevistas y conversaciones en la que se incluye aquel diálogo con la autora de Cornelia frente al espejo.   Por María Moreno 

 

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“Un día quise comprar un pájaro. Deseaba elegirlo por su canto, no por su plumaje. El vendedor me mostraba calandrias, cardenales, tordos y hasta una cotorra. Pero no me decidía. Entonces escuché un sonido muy extraño que provenía de las jaulas ubicadas en la parte inferior del cuarto. “Ese es el canto que quiero”, dije. Me acerqué y vi un mono tan pequeño que su cara era como una mano.
En los años ‘70, Silvina Ocampo no daba entrevistas. Pero se permitía coquetear por teléfono si escuchaba una voz joven. No se negaba de entrada. Imponía condiciones, con la seguridad de que no serían cumplidas. A mí me propuso que le enviara un cuestionario donde ninguna pregunta tuviera que ver con la literatura. Yo, alentada por una voluntad irresponsable, lo logré. Mi admiración por Silvina Ocampo se debía más a sus mitologías que a su calidad literaria. Yo imaginaba que ella amaba parar la oreja en las antecocinas, ser médium de las Clotilde Ifrán, las Ana Valerga y los Celestino Abril, nombres simples llevados de la cátedra oral barriobajera a sus personajes. Si Freud convirtió la pasión de Juanito por los caballos en miedo y a los caballos mismos en una suerte de ectoplasma del padre, ella había inventado los niños transedípicos. En el paidófilo que revela secretos en el cuarto de servicio, la maestra que amenaza con la estatua de los grandes próceres a los niños retrasados y la adivina que fabrica fajas y corpiños en sus ratos de ocio, los niños-personajes de Silvina Ocampo encontraban a ese alguien capaz de arrancarlos de una dialéctica familiar donde la megalomanía ilustrada de los padres convierte sus fornicaciones nocturnas en el fantasma privilegiado de la novela infantil. Por suerte, en los cuentos de Silvina Ocampo existían el rapto, la soga Prímula y el libidinoso perro Clavel, tan amables como la cacatúa verde que enamoró de niña a la princesa Bibesco. Yo, en esos años, repasaba y repasaba con fervor El antiedipo de Giles Deleuze y Félix Guattari.
La entrevisté: Silvina Ocampo se sentaba en forma de esvástica, usaba piloto dentro de la casa y salía a la calle sin cartera. Me enamoré de ella. Y como juzgué que ése era un sentimiento reservado, dejé la cama matrimonial y me mudé a la habitación de mi hijo, que me miraba asombrado a través de los barrotes de la cuna. En esa época, la exageración y las relaciones prohibidas eran bien vistas. La entrevista duró cinco meses. Ella no cesaba de corregirla; yo, de ir a su casa con cualquier pretexto. Me le declaré. Me preguntó qué quería decir exactamente o, mejor dicho, exactamente qué quería hacer. Yo no tenía idea. Ella sonrió y dijo: “Sufro del corazón”. “Yo soy más linda que Alejandra Pizarnik”, le contesté y me fui dando un portazo. La ceguera de la timidez puede convertirse en audacia.

Volví. Ella me saludó como si nada hubiera pasado. A modo de paces me prestó un retrato a la carbonilla de Manuel Mujica Lainez que acababa de hacer. Lo perdí en la redacción de El Cronista Comercial. Si ahora me pasara una cosa así, no sabría cómo disculparme, pero entonces la conservación de una propiedad privada valiosa me parecía casi indecente. Ella reclamó sin énfasis. Era una dama. En una ocasión, para explicarme su tardanza en abrir la puerta del departamento, me dijo: “No escuché el timbre. En esta casa los sonidos son tan bajos como las voces que escuchaba Juana de Arco. Deben ser las cucarachas las que ensordecen el timbre”. Me sumergí en una prolongada y detallista digresión acerca de la variedad, insistencia y capacidad de adaptación de la cucaracha unida a su apariencia de eternidad. Se me acercó con afectada complicidad y, bajando la voz, me dijo: “La cucaracha es el Ser”.

A pesar de su deseo de controlar la entrevista sin que se le escapara nada, me confió que la anécdota de El pecado mortal, donde el personaje, poco antes de tomar la comunión, se entrega a juegos eróticos con un criado, era autobiográfica. Yo ni me di cuenta de lo que me estaba diciendo y no usé esa confesión en mi nota. Varias veces se quejó del éxito de Poldy Bird, a la que, sin embargo, apreciaba mucho porque la divertía; del de Silvina Bullrich, a la que quería por la misma razón.

El otro día, una mujer me paró por la calle y me dijo: “Silvina, ¡qué emoción encontrarla! Compro todos sus libros, todos. ¡Cómo me gustó Los burgueses! Acá justo tengo mi ejemplar, ¿me podría dar su autógrafo?”.
¿Y usted qué hizo?
–Firmé: Silvina Burrrich.
 Una vez me hizo un cumplido: luego de intentar en vano hacerla opinar sobre ciertos escritores latinoamericanos, un profesor visitante se disculpó antes de retirarse, con la siguiente frase: “Bueno, es hora de abandonar esta bella conversación”. Silvina Ocampo me miró de reojo y me dijo con falso desdén: “Te llamó conversación. Qué raro, ¿no?”. Cuando la entrevista amenazaba con estar lista, me regaló un auto minúsculo que perdí dentro de la cartera. Yo le regalé un tapiz con un Cristo tercermundista que imitaba la artesanía popular salteña (era horrendo). Me contestó con una carta tan personal como una tarjeta de Navidad. Una vez entré bruscamente en el departamento de la calle Posadas. Estaban sentados en la oscuridad Borges, Silvina y Victoria Ocampo. No fui presentada. Victoria me preguntó si mi poncho salteño era auténtico. Por supuesto que no, pero no contesté. Buscaba la puerta.
Escribo porque no me gusta hablar, para dejar un testimonio más de la vida o para luchar contra ese exceso de materia que acostumbra a rodearnos. Pero si lo medito un poco, diré algo más banal.
¿Cómo empezó?
–Apenas me acuerdo cómo. Escribí con tiza en los escalones de una glorieta: “Si no existiera el punto de interrogación, nadie mentiría”; acto que mereció una penitencia. Luego: “Me da miedo la sombra tan negra de la rosa, tan rosada cuando no es sombra”.
¿Por qué nunca abordó la novela?
–Lo he hecho algunas veces. Este plural me exime de referirle mis experiencias que serían muy largas de contar y equivaldría a escribir otra novela titulada Mi experiencia con las novelas. Además, por cábala, hasta no publicarlas (pues espero publicarlas algún día) no las contaré.
Cuénteme el recuerdo más antiguo que tenga.
–Creo que es un pedazo de vidrio verde de botella rota que encontré en la orilla del lago de Palermo y creí que era una piedra preciosa. ¿Pensé que estaba en las excavaciones de Taormina? ¿Escondí la piedra preciosa dentro de mi mano para que nadie supiera que se efectuaban excavaciones tan importantes? Apreté el vidrio en la palma de la mano. Me lastimó, brotó sangre. No fue motivo para desencantarme, ya que en la piedra quedó una pincelada roja. Tal vez fue mi primera pintura.
¿Cómo empezó a pintar?
–En mi infancia, con lápices de colores o con pastel. Una de las pinturas mías que prefiero (y seguramente la prefiero porque la perdí) es la de la estatua de terracota que sostenía un jarrón que derramaba agua sobre una fuente. De la boca rota de la estatua manaba también agua debido a algún desperfecto de la instalación. Estaba en una quinta del Tigre, entre hojas de palmera y de bambú. En el fondo se vislumbraba una piragua sobre el río. Como no había llevado pinturas aquel día, dibujé con un lápiz prestado y un papel de esos que hay en las panaderías para envolver facturas. Pude colorear el dibujo con hojas gruesas, pasto y una flor cuyos pétalos largaban un jugo rojo; utilicé un lápiz labial que froté contra el papel. Usted no me creería si le digo que eso fue mi mejor pintura. Es claro que nadie puede comprobarlo porque la perdí.
¿Dejó alguna vez de pintar?
–Nunca. Por mucho que me lo proponga, porque tal vez me perturba. Ella me abandona a veces, me echa de su dominio severamente como si pintar fuera como rezar, una obligación mística.
¿De qué manera irrumpe lo fantástico en su vida?
–Como el canto de un mono en la noche.
Y ese canto, ¿le resulta agradable o desagradable?
–Agradable... Un día, y a pesar de que siempre me trajeron mala suerte, quise comprar un pájaro. Un vendedor me los mostró, uno por uno. Yo deseaba elegirlo por su canto, no por su plumaje. El vendedor me señalaba, por ejemplo, un canario. Yo pensaba: detesto el canto del canario. Luego un zorzal, que me gusta tanto. Pero no me decidía. El vendedor me mostrabacalandrias, cardenales, tordos y hasta una cotorra que, según él, cambiaría mi suerte. Pero yo seguía resistiéndome. Entonces escuché un sonido muy extraño que provenía de las jaulas ubicadas en la parte inferior del cuarto. “Ese es el canto que quiero”, dije. El vendedor me indicó con un gesto el lugar de donde provenía. Me acerqué y vi un mono tan pequeño que su cara era como una mano.
¿Era de noche?
–No, aunque sólo de noche ocurren cosas tan misteriosas.
Silvina Ocampo sonríe desde la penumbra. Detrás de ella, a lo largo de las abarrotadas bibliotecas, sobre la chimenea o la mesa ratona, decorada con escenografías de Norah Borges, al margen de toda ostentosidad o sentido de conservación, los objetos yacen circunscriptos a sus funciones específicas: los relojes, a la imperfecta medición del tiempo –ninguno anda–; los retratos, a la evocación o a la nostalgia; los pisapapeles, a la mera justificación de su nombre; el pasillo, al acercamiento geográfico o al diario y saludable cultivo del terror. Ella se pone de pie para encender una lámpara, cuya débil luz apenas logra disminuir la oscuridad del living, y permite el descubrimiento de algunas fotografías que, desde los anaqueles, motivan afectuosas presentaciones: Jorge Luis Borges, Pepe Bianco, Alejandra Pizarnik, André Gide, Franz Kafka... Tiene un tic: acariciar un colgante que le cae sobre el escote –con una piedra rota engarzada–, tal vez el mismo cuya pérdida y recuperación envió a las puertas del infierno a una mujer llamada Camila en su cuento Los objetos. Sus respuestas eluden obstinadamente la referencia temporal, la anécdota fácil protagonizada por hombres gloriosos, el relato de su propia existencia. “Yo no tengo autobiografía. Tendría que inventarla.” Cuando de pronto entra alguien, seguramente un empleado de la casa, para ofrecer una bebida, lo mira como a un desconocido, como si tener personal de servicio fuera algo que pudiera ignorar en su propia casa.
¿Por qué diría Sabato en Gente que a usted no le gustaba Bustos Domecq?
–A pesar de que hayan pasado ya veinte años de aquella época, yo diría que es una interpretación apresurada sobre mis gustos. Le haría notar además que yo no necesitaba irme a oír a Brahms cuando mi marido hablaba con Borges. Porque la música de Brahms estaba ahí, como las paredes, rodeándonos, pues en el cuarto donde oíamos música, charlábamos, leíamos, estábamos y no podríamos sustraernos de la música, cuando alguien ponía algún disco.
¿Por qué dice que es un juicio apresurado?
–Porque podría yo decir que las cosas que más me gustaron a veces son aquellas que me gustaron con cierta repugnancia al principio o casi simultáneamente; por ejemplo, el caviar. “No me gusta el caviar”, habré dicho alguna vez, y luego: “¿Sabés que no es tan feo el caviar?”, o bien: “No me gusta Goya, con sus brujas, cuando yo era chica dibujaba así”. Luego: “¿Sabés que me gusta bastante?”. Finalmente: “Creo que Goya es el pintor que más me gusta”.
Sabato, que es tan sutil, ¿no comprenderá esto?
–Claro, comprende todo, pero se trata de un wishful thinking (algo así como expresión de deseos) retrospectivo.
¿Por qué no le gustan las entrevistas?
–Tal vez porque protagonizo en ellas el triunfo del periodismo sobre la literatura.
¿Qué prefiere, su poesía o su prosa?
–Creo que son tan diferentes que se equilibran entre sí, hasta podrían matarse por contumacia. Pero escribir poesía me produce casi siempre una especie de empalagamiento intolerable, sin paliativo. En cambio, tengo el hábito resignado de la prosa. Con mi prosa puedo hacer reír. ¿Será una ilusión? Nunca, ninguna crítica menciona mi humorismo.
¿Podría ser que ese humorismo exista para usted sola?
–No, creo que algunos cuentos míos gustaron por su humorismo. A lo mejor éste es un poco especial y, porque no pueden catalogarlo ni compararlo con otros, los críticos lo olvidan. Pepe Bianco me dijo ayer: “Eramos cinco o seis personas, nos reíamos mucho leyendo algunos de tus cuentos”; “¿Pero les gustó?”, le pregunté. Bianco se impacientó: “Pero, ¿qué más querés?”.
¿Le gustó que le dijeran eso?
–Me encantó. Si me hubieran dicho: “Lloramos leyendo algunos de tus cuentos”, no me hubiera gustado.
¿De qué prejuicios es motivo su apellido?
–Nunca se me ocurrió que existieran esos prejuicios. Manuel Puig me llamó O Field; otras personas me dicen ¡Oh Campo! Naturalmente, estas variaciones me gustan mucho.
Cuando se otorgó el voto a la mujer en la Argentina, ¿qué actitud tomó?
–Confieso que no me acuerdo. Me pareció tan natural, tan evidente, tan justo, que no juzgué que requería una actitud especial.
Su hermana Victoria, por ejemplo, hizo polémicas declaraciones...
–Es que yo estaba en un claustro.
¿En uno verdadero o imaginario?
–En uno verdadero.
¿En cuál?
–No sé. ¡Estuve en tantos!
¿Cómo incide la política en su vida?
–Como la peor y la más atormentadora de las materias de estudio.
¿Cuál es su opinión sobre las feministas?
–Mi opinión es un aplauso que me hace doler las manos.
¿Un aplauso que le molesta dispensar?
–¡Por qué no se va al diablo!
Hábleme bien de Victoria Ocampo.
–Es tan sincera que nunca disimula lo mucho que le gusta algo que a uno no le gusta nada.
Hábleme mal de Victoria Ocampo.
–Es muy difícil hablar mal de ella sin hablar bien de ella. Por ejemplo: es tan sincera que nunca disimula lo poco que le gusta algo que a uno le gusta mucho. Por eso ser sincero es ser potente.
¿Cuál fue el encuentro más importante de su vida?
–A.B.C.
¿Bastarán las tres primeras letras del abecedario para denominar un encuentro tan importante? ¿Podría contarme ese encuentro?
–No podría, sucedió en la oscuridad, la oscuridad de la sombra, cuando deslumbra el sol.
(Mientras habla o entrega con reticencia sus respuestas mecanografiadas, se escucha a lo lejos el tintineo de una gotera. “Tengo que escribir algo sobre las goteras, sobre su música.”)
¿Cuál es el lugar más hermoso de la Tierra?
–El campo de la provincia de Buenos Aires, donde las nubes son las montañas; las flores moradas o el lino, el mar; los espejismos, la orilla de un lago. Hay muchos lugares más hermosos, pero éste me cautiva, no sé por qué misterio. Cuando viajé, siempre me llamaba la atención esa nostalgia tan arbitraria. Cuando oí cantar un ruiseñor, extrañé el nuestro, que es el zorzal.
¿Quiénes son sus fantasmas?
–Hoy, en cierto modo, todo resulta un poco fantasmal para mí, más aún que las personas, los objetos. Me acuerdo en especial de uno de ellos. Estaba en el centro de un jardín de invierno de la casa de mis padres, en la esquina de Viamonte y Florida. (Era en realidad la suma de tres casas que estaban separadas por sendos patios. En una de ellas vivíamos nosotros, en otra unas tías abuelas y en una tercera funcionaba el escritorio de mi padre.) El objeto al que me refiero es una estatua: un niño que luchaba contra un viento de mármol. Ese es uno de mis fantasmas favoritos. También recuerdo una claraboya verde, de ese vidrio con que se fabrican los frascos antiguos. Le dediqué un cuento que todavía me gusta y que se titula “Cielo de claraboya”.
¿Qué es la virtud? ¿Existe?
–La virtud es tan dominante y variada, tan ecléctica, que puede ser un defecto o una virtud gigante como los detergentes que deterioran, como el jabón en polvo, como los engañosos perfumes expuestos en las vidrieras de las farmacias en enormes botellas o en fascinantes envases de material plástico. Negar la virtud sería negar los defectos. Nada es tan maravilloso, deslumbrante, avasallador.
¿Cuál es su mayor pecado?
–Mi voz, con z y con s, porque el prójimo es el espejo de uno mismo.
¿Qué es el mal?
–Un cuadro pintado con acrílico: un durazno tan lindo que parece una alcancía, devorado por un gusano que parece un dragón.
Cuénteme un sueño.
–Este es un sueño que no he olvidado y que puedo contar. Espero que no se duerma. A la caída de la noche yo subía, por un camino boscoso, una sierra. El sendero, entre arbustos con espinas, no era empinado. En el silencio, yo advertía crujidos de ramas que indicaban que alguien se escondía. Debía de correr algún peligro porque aceleraba mi marcha y de pronto el miedo me inmovilizaba. Ninguna luz brillaba entre las ramas de las plantas. Era un paisaje, tal vez en Córdoba, más bien invernal, de gran sequía. La oscuridad se volvió muy profunda. Después de caminar de nuevo entre el polvo de la senda, bruscamente llegué a una meseta iluminada por una intensa luz. Si el bosque era negro y gris, aquí la meseta era azul y dorada. Sobre una tarima vislumbré un piano de cola, negro y lustroso, como de ébano, con la tapa abierta y el interior del instrumento a la vista (por una extraña perspectiva). La visión de ese piano nítido, con su forma armónica, me produjo una intensa felicidad, como si del piano hubieran surgido todas las músicas dilectas.
¿Y una pesadilla?
–¿No basta la realidad?
Con la flexibilidad de un cuerpo irreverentemente joven, se desplaza por el cuarto para mostrar unas fotografías: la primera es de una mujer de arena que ella misma modeló, y cuya pérdida a orillas del mar fue motivo de uno de sus mejores poemas; la segunda pertenece a una estatua que rescató o mandó rescatar de una antigua casona de Adrogué ya desaparecida y cuyas mutilaciones reparó con un poco de arcilla encontrada en el campo. El giro absurdo tomado por algunas preguntas parece no desconcertarla sino más bien satisfacer su deseo de seducción.
¿Y qué opinión tiene sobre esas muñecas de porcelana que están sentadas sobre los acolchados de algunas solteronas?
–Más interesante sería saber qué opina esa muñeca. Podría preverlo, pero sería el punto de partida de un cuento que ahora mismo se me ocurre y si tengo la suerte de escribirlo se lo dedicaría a usted. Yo conocí a un muñeco con un capuchón, todo vestido de blanco, que hablaba: “¿Querés jugar conmigo?”, susurraba, “no tengas miedo”; a mí me daba un miedo horrible, pero a los chicos los hacía reír muchísimo, “Brr, brr, qué frío tengo”. La muñeca de porcelana antigua no habla, desaparece enigmáticamente, tiene un vestido cuyas puntillas servirán para adornar las vestimentas de la moda actual. Sus ojos quedaron debajo de la almohada. También me dan miedo sus ojos, como la voz del muñeco que habla.
En las cálidas antecocinas familiares, en cuartos del suburbio apenas adornados por una lechuza embalsamada y una piel de tigre comida por las polillas, en atiborrados saloncitos para la costura, tal vez Silvina Ocampo haya aprendido, con el placer de enfrentar un ritual prohibido, las sabidurías de la medicina doméstica, las sentencias simples que jamás se equivocan, a leer en las líneas de la mano el pequeño pliegue dejado por los celos, las islas de dolor que interrumpen el curso de la vida, el triángulo ínfimo que representa a la locura. Sospechosa de una erudición que jamás exhibe, prefiere deslizar ante su interlocutora los ecos de ese aprendizaje: “Los ojos dorados cambian de color todo el tiempo”; “¿No vio,cuando estaba embarazada, en la trama del tapiz que tejía, el rostro de su futuro hijo?”; “La vida pone señales en todas partes, sólo que la gente no permanece atenta”. Luego continúa el juego.
Cuénteme un viaje.
–Por el camino de la montaña que lleva a Megéve, en el mes de enero, en pleno invierno, avanzaba el automóvil como sobre algodón. Un precipicio a un lado, perfecto como una tapicería, la piedra abrupta del otro, leves como plumas de cisne, perfeccionaban la soledad. Pero la nieve no es tan buena como parece. De pronto un “convoy extraordinario” (así lo llaman en Francia) lentamente detuvo su marcha. Iba adelante, ocupando casi todo el ancho del camino. Las huellas que dejaban las ruedas del camión hacían patinar las de nuestro automóvil, empujándolo al abismo. Cuando se detuvo el camión y tuvimos que frenar, se deslizó ligeramente el automóvil. Caía la noche, íbamos a bajar del coche para pedir consejo al camionero. Me alcé las botas: la izquierda en el pie derecho, la derecha en el pie izquierdo. “Dicen que trae mala suerte”, musité aterrada, cuando vi, pegados casi el vidrio de la ventanilla, cuatro farolitos que parecían de bicicleta. Qué extraño, pensé, ciclistas a esta hora, a esta altura y con esta nieve. Los farolitos subían y bajaban en el aire. Pensé que tampoco la acrobacia ciclística podía convenir a ese clima. Me saqué la bota izquierda, luego la derecha. Me calcé las botas, cada una, ahora, en su pie correspondiente. Cuando volví a mirar la oscuridad, me pareció esta vez que los farolitos eran ojos de gato o de perro. No me equivoqué, eran ojos, ojos de lobos que miraban. Recordé que había leído en alguna parte que cuando los lobos saltan alegremente es porque se preparan para un festín. Entreabrí el ventilete y grité al camionero: “Señor, ¿éstos son lobos o perros? ¿Perros o lobos?”, repetí, cambiando el orden de las palabras. Durante unos instantes pregunté en francés con mi mejor pronunciación: “¿Loups o chiens? ¿Chiens o loups?”. Creería el hombre que yo lo insultaba porque en francés armonizaban mal las palabras. Nadie contestó, conectamos la radio, movimos los diales, oímos algo de Schumann... Debía ser un gran pianista el que tocaba el piano. Los lobos debían escuchar porque no se movían. Aumentamos el volumen del sonido en el momento en que se oyeron los aplausos y la voz estruendosa de un locutor que habló de Schumann con énfasis: los ojos súbitamente desaparecieron. El “convoy extraordinario” se puso lentamente en marcha; en el momento de arrancar casi se nos vino encima. Detrás de esa mole peligrosa, pero protectora en cierto modo, reanudamos el viaje. Casi arrepentida de llegar tan pronto (porque el miedo es a veces un elemento mágico), arribamos a Megéve.
¿En qué cree Silvina Ocampo?
–Creo de mil maneras: en la reencarnación, en la divinidad... Creo en el perro, hasta en la rosa, en Santa Rita porque lleva un libro misterioso en la mano que nunca he podido leer; en el Espíritu Santo, en el alma de las plantas.
¿También en el cielo?
–Y en el infierno, porque abruma creer que ha de haber tantas personas que no creen en nada.
¿Quién cree que la espera en el cielo?
–Me daría mucho trabajo contestar.
¿Y en el infierno?
–Todo el mundo. Tanta gente que apenas se oye lo que dicen.
¿A quién quisiera usted encontrar?
–A los que me esperan en el cielo.
¿Y al paraíso cómo se lo imagina?
–Si el que imaginó el paraíso fue tan omnipotente, ¿cómo podría yo imaginar un paraíso que no fuera más fácil de perder? Vanamente se transforma la manzana en durazno. Adán en Ceferino Namuncurá. El paraíso seguirá siendo vulnerable.

domingo, 22 de diciembre de 2013

LISTA DE LECTURAS 2013

As every year, ¡la lista de lecturas! Como ha estado muy condicionada al proyecto que hago con David (La línea sin fin) hay mucha antología poética y mucha novela de posguerra. (No he puesto todos los títulos para no encallarnos en el tema). Haciendo balance, el 2013 ha sido muy raro en todos los sentidos... No cayeron obras maestras en plan Adriano o Bella del Señor y sí cosas raras como la novela de Djuna Barnes o la de Spanbauer. Mishima y Sebald son grandes -a pesar de no saber qué es el humor-; Shirley Jackson y Martín Santos, una sorpresa y Soleràs de Incerta Glòria, un personaje digno de recordar. Menos mal que todavía existen los libros y me dosifico a Baudelaire !!!  

1. La liebre con ojos de ámbar, Edmund de Waal
2. Nieve de primavera, Yukio Mishima
3. La edad de hierro, Coetzee
4. La Plaça del Diamant, Mercè Rodoreda
5. Incerta Glòria, Joan Sales
6. Tots els contes, Pere Calders
7. Ariadna al laberint del grotesc, Salvador Espriu
8. Nada, Carmen Laforet
9. Los demonios familiares de Franco, Vázquez Montalbán
10. Pedra de toc 1 y 2, Maria Aurèlia Capmany
11. Poemas de  J.V Foix (Me da pereza poner títulos...)
12. Antología, Jorge Folch
13. Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma 
14. Usuras y figuraciones, Carlos Barral
15. A imagen y semejanza, Ana María Moix
16. Estancias, Giorgio Agamben
17.Tiempo de silencio, Luís Martín Santos
18. El discreto encanto de la subversión, Alberto Villamandos
19. Austerlitz, W. G. Sebald
20. Todos los cuentos, Virginia Woolf
21. El manifiesto contrasexual, Beatriz Preciado
22. El hombre que se enamoró de la luna, Tom Spanbauer
23. El bosque de la noche, Djuna Barnes
24. Todo lo sólido se desvanece en el aire, Marshall Berman
25. El laberinto de la soledad, Octavio Paz
26. Los detectives salvajes, Roberto Bolaño
27. Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson
28, Sobre la fotografia, Susan Sontag
29. La enfermedad como metáfora. El Sida y sus metáforas, Susan Sontag
30. Cuentos, Lydia Davies
31. Siempre Susan, Sigrid Nunez
32. Écrire, Marguerite Duras.
33. España, Manuel Vilas
En proceso:

34. La casa de las hojas,  Mark D. Danielewski



miércoles, 11 de septiembre de 2013

Primera impresión

No tengo nombre. Volver al blog con un post de media tinta pero es que por fin, oh! por fin, me he animado con Roberto Bolaño, ese autor que tanto se me ha recomendado y con el que sorprendo a algunos porque "no, aún no lo he leído". Empecé con Sensini y me pareció simpático que abordara la escritura desde los concursos literarios, aunque su estilo en sí no me destroza (Céline, Woolf) ni me parece como hecho de otro mundo (Yourcenar, Walser). Es más, me cuesta muy poco imaginarme a este tipo escribiendo con tomates en los calcetines. Ahora estoy con Los Detectives. Llevo 100 páginas y exceptuando el fragmento que viene a continuación (con el que me he reído bastante pues soy propensa a reinventar toponimias y tipologías), puedo decir que me parece muy entretenido. Eso ya es bastante... pero, en fin, igual necesita 600 páginas para hacerme cambiar de opinión. ¿Tan inmenso os parece?

UN TROZO DE MARICONES, MARICAS, MARIQUITAS, LOCAS Y BUJARRONES.

"Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran las de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas.
–En nuestra lengua, claro está –aclaró–; en el mundo ancho y ajeno el paradigma sigue siendo Verlaine el Generoso.
 Una loca, según San Epifanio, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética y viceversa. Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica, respectivamente. Los poetas tipo Carlos Pellicer eran, por regla general, bujarrones, mientras que poetas como Tablada, Novo, Renato Leduc eran mariquitas. De hecho la poesía mexicana carecía de poetas maricones, aunque algún optimista pudiera pensar que allí estaba López Velarde o Efraín Huerta. Maricas, en cambio, abundaban, desde el matón (aunque por un segundo yo escuché mafioso) Díaz Mirón hasta el conspicuo Homero Aridjis. Debíamos remontarnos a Amado Nervo (silbidos) para hallar a un poeta de verdad, es decir a un poeta maricón, y no a un fileno como el ahora famoso y reivindicado potosino Manuel José Othón, un pesado donde los haya." Etc, etc.
 

domingo, 13 de enero de 2013

Netsuke!



"Y este netsuke es una fuerte explosión de exactitud. (...) Todo esto importa porque mi trabajo es hacer cosas. Para mí, cómo se manipulan, se usan y se pasan los objetos no es una pregunta tibiamente interesante. Es mi pregunta. Tengo muchos, muchos cientos de cerámicas. Soy muy malo para los nombres -balbuceo y me escabullo- pero para las cerámicas soy muy bueno. Puedo recordar el peso y el equilibrio de un cuenco y cómo funciona la superficie en relación con el volumen. Soy capaz de leer cómo un borde crea tensión o la pierde. Puedo percibir si fue hecho a prisa o con diligencia. Si tiene calidez.
Veo bien cómo funciona con los objetos que tiene cerca. Cómo desplaza cierta parte del mundo que lo rodea. También recuerdo si un objeto me invitó a tocarlo con toda la mano o sólo con los dedos, si pedía que uno se apartara. (...) Y como ceramista, me extraña cuando los que tienen piezas mías hablan de ellas como si estuvieran vivas; no sé si puedo lidiar con esa otra vida de lo que he hecho. Pero, en efecto, es como si algunos objetos retuvieran el latido de su creación".

A mi juicio, sólo le falla el subtítulo. Por lo demás, lo estoy disfrutando muchísimo.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

LISTA DE LECTURAS 2012

En negrita las obras maestras, sin más.


1.Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar
2.La ópera flotante, John Barth: Un excéntrico de p--- m----
3.Mi Pushkin, Marina Tsvietiaeva: Con éste me di cuenta de lo que vale una buena traductora.
4.Algo va mal, Tony Judt: Muy didáctico. Esperaba más chicha.
5.Apuntes del subsuelo, F. Dostoievski: Una bofetada, claro.
6.La fabrique de l’homme endetté, Maurizio Lazzarato: Me dio vértigo. Muy recomendable.
7.La inundación, Yevgueni Zamiatin: Un torrente de palabras con desenlace muy ruso. Olé!
8.La zona, Sergei Dovlátov: En NY me olvidé de ir a saludar a D. Me cae bien.
9.El banquete, Platón: ¿Hay que decir algo?
10.Ver a una mujer, Anne-Marie Schwarzenbach: Este me inspiró un relato gamberro.
11.Demasiada felicidad, Alice Munro: Creo que me gustó más su novela pero la seguiré leyendo.
12.Bella del Señor, Albert Cohen
13.El encantador. Nabokov y la felicidad, Lila Azam Zanganeh: Un bluf.
14.Imperio, Toni Negri y Michael Hardt: Muy interesante pero me falla un poco el final.
15.El rey se inclina y mata, Herta Muller: Tremendo.
16.Cuentos jeroglíficos, H.Warhpole: ¿Ya existía la ironía en esa época?
17.El divorcio, César Aira: El inicio es genial. Me sobra la parte de los perros.
18.Verano, J M. Coetzee: Lo he disfrutado muchísimo. Finalista con el de Muller a lo mejor del año, por eso están subrayados.
19.Weekend d’estiu a N. York, Josep Pla: Me gustan más otros Plas.
20.Air guitar, David Hickey: Si una olvida el lado cool, tiene crónicas interesantes.
21.Las palmeras salvajes, William Faulkner
22.Poemas de Emily Dickinson: ¡Oh!
23.Bienvenidos a tiempos interesantes, Slajov Zizek: No recuerdo nada de este libro.
24.Me llaman Capuchino, Daniil Jharms: Me siento muy a gusto en su mundo. ¡Las cartas!
25.La isla de Hobson, Stefan Themerson: Una extraña joya que me regaló su descubridora.
26.Doctor Glas: Un descubrimiento de Alfabia... traducido por Ferrater.
27.Las técnicas del observador, Jonathan Crary: Lo tenía pendiente. ¡Al fin!
28.Las tribulaciones del joven Torless, Robert Musil: ¡Bello! Pero mejor no leerlo al sol...


En proceso:
En casa, Bill Brysson (voy por El Pasillo).
Lo humano y lo divino, María Zambrano.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Estudio XXVIII

Judith Schalansky, autora de un libro precioso llamado "Atlas of Remote Islands"

viernes, 16 de noviembre de 2012

La llegada del hielo.

Capítulo cuarto. La cocina.
Brysson, sobre la importancia de conservar alimentos.


"En verano de 1844, la Wenham Lake Company inauguró un local en el  Strand londinense  y empezó a exponer diariamente en el escaparate un bloque de hielo. Nadie en Inglaterra había visto jamás un bloque de hielo tan grande –y menos en verano y en el centro de Londres-, ni tan portentosamente cristalino y transparente. Se podía incluso leer un periódico a través de él: normalmente colocaban un ejemplar a través del bloque para que los transeúntes pudieran ver en persona aquel hecho asombroso. El escaparate se convirtió en una verdadera sensación y estaba lleno de mirones."
(…) Y más adelante:
"La idea de transportar hielo desde Nueva Inglaterra a puertos lejanos se consideró una completa locura, “el capricho de un cerebro transtornado”. El primer envío de hielo a Gran Bretaña dejó  tan perplejos a los funcionarios de aduanas en cuanto a su clasificación, que las trescientas toneladas de hielo se derritieron antes de llegar a poder descargarse en los muelles. Los armadores se mostraban muy reacios a aceptar el hielo como carga. No les fascinaba en absoluto la posible humillación de llegar a un puerto con las bodegas repletas de agua inútil, pero temían también el auténtico peligro que significaban toneladas de hielo en movimiento o el agua del deshielo desestabilizando sus navíos. Eran hombres, al fin y al cabo, cuyo instinto náutico se basaba en el concepto de que el agua tenía que estar fuera de la embarcación y por ello se mostraban tan reacios a correr un riesgo tan excéntrico cuando además ni siquiera había un mercado para el producto." En casa. Una breve historia de la vida privada.
                                                   Nummer acht by Guido van der Werve

domingo, 30 de septiembre de 2012

I. Una alegoría económica en forma de cuento infantil

Creo que forma parte de mis viajes escoger mal las lecturas. Me marché el 10 de Septiembre con un Weekend d'estiu a Nova York de Pla, Air Guitar: essays on art and democracy de David Hickey y Las palmeras salvajes de Faulkner. Pla es Pla y en diez días de 1954 le sacó el brillo que pudo a la ciudad de los rascacielos. En cuanto a Hickey es un comisario que escribe a lo gonzo y vive en Las Vegas. Como aborrece a los académicos habla de Perry Mason, los dibujos animados y Flaubert (freaky!). De la novela de Faulkner diré que es una maravilla absoluta pero por mucho que se deborde el Mississipi, nunca llegará al noreste. Así que en este viaje me han acompañado: un paisaje superado por los años, otro que viene del árido desierto y un tercero bien empantanado. En fin, nada de esto tiene que ver con NY... y no será que la ciudad no se ofrece a los contrastes.

Flujos
Zona cero. Leo que los indios vendieron Manhattan por 24 dólares. Aunque un italiano la visitara antes navegando bajo la corona de Francia, fue un inglés patrocinado por una compañía neerlandesa quien la puso en el mapa. Luego holandeses y británicos se la disputaron y lo que se llamó New Amsterdam acabó siendo New York.
Si Koolhaas interpreta esta ciudad como una desbordada proyección de lo que en su día sólo fue un parque de atracciones (Coney Island), desde Water Street se ve un puerto que se fue extendiendo hacia el norte (Bronx) y el este (Brooklyn/Queens) con el progresivo desarrollo del transporte (por mar, tierra -tren/metro- aire y finalmente carretera). ¿Será por eso que celebran tanto sus puentes? Se diría que a esta ciudad le pasa como al capital: siempre necesita moverse. Su crecimiento depende de ello. Mercancías que salen y entran. Puertas giratorias que chupan y expulsan a gente. Pla dice que aún así, no es ruidosa. Yo digo que puede ser tranquila porque con mesas y algo de jardinería hay parches que hacen de pausa. Y luego este ese pulmón llamado Central Park. Menos mal.

En el Museo de las Finanzas aprendí que fue la Guerra Civil la que creó la necesidad de una moneda única para que el ejército pudiera endeudarse, y que dada la abundancia de falsificaciones, Benjamin Franklin ingenió varios trucos, entre ellos, escribir deliberadamente mal la palabra "Pennsilvania"en los billetes para tentar al falsificador a corregir inconscientemente el error (i/y).  El cuento para niños El Mago de Oz esconde, al parecer, una alegoría sobre la discusión que hubo entre los partidarios de respaldar el dollar con el patrón oro (mucho más escaso) y los que preferían la plata (como su autor, que apoyaba el Free Silver Movement).

La carretera de ladrillos amarillos es la falsa promesa dorada, Kansas el estado agrícola endeudado, los zapatos de plata son el camino de vuelta a casa, el Hombre de Hojalata representa la industria americana y Oz, la medida de peso del oro (oz. = onza). (A mí esta adaptación siempre me pareció terrorífica). Como El Mago de Oz, yo veo todo Estados Unidos como una alegoría económica a lo cuento infantil porque a los yankees les encanta la prosperidad y que les cuenten historias. "Really?"-dicen y unas veces me asustan y otras me parecen súper admirables.

domingo, 1 de abril de 2012

Dickinson visitada por Natalia Ginzburg I

"Hace tiempo estuve en Amherst, el país de la Dickinson: una región no muy lejana de Boston; en Massachusetts. Vi su casa. Vi también un vestido suyo en un armario, un vestido de color blanco marfil con recamados, que parecía un camisón, y un plaid de franjas largas que se colocaba en las rodillas cuando escribía. Pero entonces no conocía los poemas de la Dickison, ni sus cartas, y mi mirada era vacía y distraída. Había leído algunos versos suyos y quizá también alguna carta, pero poco había comprendido. No tenía un solo verso suyo en la memoria. Ahmerst es un rincón muy bello: prados verdes, casitas pintadas de blanco, esparcidas entre encinas y yedras, magnolias y rosas. Me pareció, sin embargo, que su gracia escondía algo de profesoral y remilgado. Detrás de este aspecto profesoral y remilgado había un tedio desolado y espectral. La región debe de haber adquirido su aspecto profesolar después de la muerte de Dickinson, después de adquirir consciencia de ser la patria de un gran poeta. El espectro del tedio debe haber estado ahí desde siempre. Recuerdo haber pensado que América es oscura y cruel en sus grandes ciudades, y donde no es oscura y cruel yace un tedio interminable. Era verano y había muchos mosquitos. Los mosquitos de América son distintos de los nuestros. No tienen aquel ronronear perezoso y dulce, sino que se lanzan sobre los rostros humanos en pleno día y en un silencio malvado. El silencio y la sombra del tedio se extendían hasta más allá de la mirada, sobre aquellos prados floridos y verdes. Así vi Amherst, pensando futilidades sobre mosquitos, sobre el calor y sobre América, y no presté una atención real al lugar en el que Emily Dickinson nació y murió. Quizás también pensé algunas futilidades sobre la Dickinson. Debí pensar que me era antipática. Tenía algunas nociones confusas sobre ella y en mi mente dos o tres cosas suyas me parecían irritantes: le gustaban las flores y los pájaros; salía a recibir a sus huéspedes con un vestido blanco (el que vi en el armario) y con dos lirios en la mano; salía poco de casa y sólo para ir a ver a su cuñada; que vivía a un paso; escribía cartas apasionadas a esa cuñada y sus únicos interloctures eran sus familiares, un cierto señor Higginson a quien mandaba sus versos y que le respondía con pedanterías, dos primos de Boston, alguna señora; sus únicos amores por otra parte nunca consumados, habían sido el juez Lord y el reverendo Wadsworth, es decir, un anciano y un cura. Últimamente leí sus cartas y, en mi pobre inglés, sus versos. ¡Qué gran poeta era esa Emily Dickinson! Me ha molestado visitar su casa con tanta indiferencia. Seguramente en su habitación había un retrato del juez Lord. Pero no me molesté en mirarlo. Su casa y aquella verde región educada y desconsolada fueron casi los únicos lugares que vio en su vida. Fue una vez a Washington y a Filadelfia (donde conoció al reverendo Wardshorth; le amó; no se unieron nunca; él le hizo algunas raras visitas; dos o tres en el transcurso de veinte años) y fue también algunas temporadas a Boston para curarse los ojos. El resto fue Amherst y sólo Amherst. Algún incendio, bodas y muertes de amigos y familiares; inertcambio de regalos (pollos asados, ramos de flores) entre ella y su cuñada; la muerte del padre ("su corazón era puro y terrible"); la larga enfermedad y la muerte de la madre; la muerte de un pequeño sobrino queridísimo, hijo de su cuñada y de su hermano, que había cogido el tifus jugando en aguas embarradas; las relaciones ardientes y complicadas con su hermano y su cuñada; las raras visitas del reverendo Wasdworth ("su vida estaba llena de oscuros secretos") y la noticia de su muerte. "Todos aquellos que perdemos algo somos despojados -queda todavía un gajo sutil- que, como la luna, alguna túrbida noche -obedecerá al reclamo de las mareas".

sábado, 31 de marzo de 2012

Dickinson visitada por Natalia Ginzburg II

Ésta fue, pues, la vida de la Dickinson: una vida similar a las de tantas solteronas que envejecen en los pueblos; con las flores, el perro, el correo, la farmacia, el cementerio. Sólo que ella era un genio. Son infinitas las solteronas que se pasan su vida escribiendo versos en los pueblos, solitarias, con manías y extravagancias. Ninguna de ellas es un gran poeta; pero ella, por el contrario, lo era. ¿Lo sabía? ¿No lo sabía? Escribió millares de poesías y nunca quiso publicarlas; las cosía en fascículos con hilo blanco. "Ésta es mi carta al mundo -que nunca me escribe." Era difícil que el mundo pudiese escribirle, ya que estaba -y quería estar- inmersa en la oscuridad de una casa. Pero lo cierto es que el mundo no le escribió nunca, de ninguna forma, porque nada le dio en vida. Y, por otra parte, su carta al mundo no solicitaba respuesta. Tenía horror de la notoriedad (se hubiera sentido "como una rana") y se limitaba a mandar sus versos a un crítico literario, el señor Higginson, "para saber si respiraban". Ese señor Higginson debía de ser un crítico muy modesto. Ella se dio cuenta, pero continuó sometiéndose a su juicio. Estuvo sola. Tuvo a su alrededor personas mediocres y de ideas restringidas. Creo que ella las enriquecía con la generosa cualidad de su espirítu y solicitaba sus visitas; pero cuando iban a visitarla, a veces no tenía deseos de verlas y se limitaba a un saludo murmurado desde la puerta. Escribió a una amiga suya, la señora Holland: "Cuando te fuiste, vino el afecto. La cena del corazón queda lista cuando el huesped se ha marchado." No he encontrado ningún retrato de la señora Holland; he visto, por el contrario, un retrato de otro amigo suyo, el señor Bowles: cara endurecida y leñosa de protestante, barba capruna.
¡Qué diferentes somos, hoy en día, de la Dickinson! Ha pasado menos de un siglo desde su muerte y, sin embargo, ¡qué diferentes somos de ella! ¿Quién de nosotros, siendo poeta, aceptaría su destino gris de solterona en un pueblo? Haría, al menos, algunas tentativas de huida. Ella nunca lo intentó. ¿Quién, hoy, aceptaría la cárcel de la familia por toda la vida, las angustias de una existencia tranquila y tan miserable? Vivimos ahora en las capitales y nos parecen provincias. Tenemos a nuestro alrededor una muchedumbre y nos sentimos excluidos de la vida del universo. Estamos llenos de bovarismo de cabeza a pies, siempre ansiosos, nostálgicos, malsufridos. Nuestro horizonte nos parece pequeño, tenemos la constante sensación de estar caídos en un punto perdido, de que la porción de horizonte que nos ha tocado en suerte es demasiado exigua. En nosotros anida el pensamiento secreto de que, si nos hubiera tocado un horizonte más vasto y tuviéramos a nuestro alrededor una muchedumbre mayor de amigos e interlocutores, quizás hubiéramos conocido un destino más alto. Los lazos familiares, pensamos, no pueden enriquecer nuestro espíritu. Son fruto de la casualidad y no creemos en la casualidad. La casualidad nos parece algo vil y despreciable. Creemos sólo en nuestra elección y nuestras elecciones son despreciativas, agitadas, desdeñosas, maniáticas. Estamos siempre con los colmillos dispuestos, esperando que aparezca alguien. No escribimos cartas. Y nunca nos dignaríamos a dirigir una carta a una señora Holland o a un señor Higginson. Hubiéramos pensado que era estúpido (y de hecho quizá lo era). Nunca nos resignaríamos a escribir versos toda la vida sin publicarlos. No por amor a la gloria, sino por la secreta esperanza de que alguien, nuestro interlocutor ideal, oyera desde el fondo del universo nuestras voces y nos respondiera. ¿Cómo reconocer el genio y la grandeza de una solterona vestida de blanco que va de paseo en compañía de un perro? Nos parecería extravagante, y a nosotros no nos gusta la extravangancia: nos gusta la locura. La locura no murmura, grita, y viste colores rutilantes y despojos locos e insólitos. Cierto es que tal vez ninguno de sus contemporáneos reconoció su valor. Pero sus contemporáneos no estaban allí con los colmillos desnudos. No tenían colmillos. Tal vez sintieron, al pasar a su lado, un profunda sensación de frío, porque la furia del mar embiste y arrasa los guijarros de las calles y las hierbas de los pantanos. Quizás también nosotros podamos experimentar una sensación similar. Tal vez no. No la reconoceremos. Ni siquiera la veremos. Bovaristas, llenos de piedad hacia nosotros mismos, somos escépticos e incrédulos ante todo lo que pasa, en los despojos periodísticos y provinciales, por nuestro lado. En sus versos no aparece nunca la piedad hacia sí misma. Ni resuena nunca en ellos un acento de nostalgia o melancolía, el deseo y las lágrimas por otra suerte. No hay lágrimas en sus versos. La suya es una afirmación de soledad voluntaria, inexorable y trágica. "Ésta es mi carta al mundo -que nunca me escribe".

Enero de 1969.

Trad. por Jaume Fuster y Maria Antonia Oliver.

lunes, 19 de marzo de 2012

Lo que Marina cree que le debe a Pushkin (versión bien traducida)

Comienza como un capítulo del libro favorito de todas nuestras abuelas y madres: Jane Eyre, “El misterio de la habitación roja”. En la habitación roja había un armario misterioso. Pero antes del armario misterioso había otra cosa: un cuadro en la recámara de mi madre -“El Duelo”.
La nieve, las varas negras de los arbustos, dos personas negras que arrastran a una tercera -de las axilas -hacia un trineo-, y otro, uno más, de espaldas, que se va. Al que llevan es Pushkin, el que se va- D'Anthés. D'Anthés retó a duelo a Pushkin, es decir, lo sedujo para que fuera a la nieve y allí, entre los arbustos negros y desnudos, lo mató.
Lo primero que supe de Pushkin fue -que lo habían matado. Después supe que Pushkin era poeta, y D'Anthés -francés. D'Anthés odiaba a Pushkin porque él no podía escribir versos y entonces lo retó a duelo, es decir, lo atrajo hasta la nieve y allí lo mató con disparo en el estómago. Así , a los tres años, supe con firmeza que el poeta tiene estómago -recuerdo ahora a todos los poetas con los que me he encontrado, y de ese estómago de poeta que con tanta frecuencia no está satisfecho y en el que hirieron de muerte a Pushkin, me he preocupado tanto como de su alma. Con el duelo de Pushkin en mí nació la hermana. Diré aún más -en la palabra “estómago” hay para mí algo de sagrado - incluso el sencillo “me duele el estómago” me anega con una ola temblorosa de compasión que excluye cualquier humor. Con ese disparo nos hirieron a todos en el estómago.

Mi Pushkin. MARINA TSVIETAIEVA.
Traducción de Selma Ancira para Acantilado.

sábado, 25 de febrero de 2012

Lectura obligatoria

Para aquellos que sepan italiano o francés, lo recomiendo muy mucho. Es fascinante el análisis de cómo la deuda genera nuevas subjetividades.
La fábrica del hombre endeudado
Maurizio Lazzarato
En Europa, como en otras regiones del mundo, la lucha de clases se despliega y se concentra hoy en torno a la deuda. La crisis de la deuda alcanza en la actualidad a los Estados Unidos y al mundo anglosajón, que no sólo son los países desde donde ha nacido la última debacle financiera sino también -y sobre todo- el sitio donde el propio neoliberalismo fue concebido.
La relación acreedor/deudor pasa a ser, por lo tanto, el foco de nuestra observación. En torno a ella se intensifican los mecanismos de explotación y dominio de manera transversal, sin que pueda hacerse diferencia entre trabajadores y desocupados, consumidores y productores, activos e inactivos, jubilados y beneficiarios de la renta mínima. Todos son deudores culpables y responsables frente al Capital, que se manifiesta como el gran Dios acreedor universal. Uno de los mayores mecanismos políticos del neoliberalismo, tal como lo desvela sin ambigüedad la “crisis” actual, es la propiedad, en el sentido de que la relación acreedor/deudor desvela una relación de fuerzas entre propietarios (del capital) y los no propietarios (del capital). La deuda pública tiene a toda la sociedad endeudada, lo cual exacerba las “desigualdades”, o lo que ha llegado el momento de llamar “diferencias de clase”.
Las ilusiones económicas y políticas de estos últimos cuarenta años caen una tras otra. La new economy, la sociedad de la información, la sociedad del conocimiento, se diluyen en la economía de la deuda. En estas democracias que han triunfado sobre el comunismo, muy poca gente (algunos funcionarios del FMI, de Europa y de la Banca Central Europea, así como algunos políticos) deciden por todos, según los intereses de una minoría. La inmensa mayoría de los europeos se encuentra triplemente despojada por la economía de la deuda: despojada del poder político (a todas luces débil); despojada de buena parte de la riqueza que las luchas pasadas habían arrancado a la acumulación capitalista; y despojada sobre todo del porvenir, es decir del tiempo, como decisión, como elección, como posible.
La sucesión de crisis financieras ha hecho emerger violentamente una figura subjetiva que estuvo presente con anterioridad pero que se extiende ahora al conjunto del espacio público: la figura del Hombre Endeudado. Aquellos logros individuales que el neoliberalismo había prometido (“todos accionistas, todos propietarios, todos emprendedores”) nos precipitan hacia la condición existencial de este hombre endeudado, responsable y culpable de su propia suerte.
Tras la crisis financiera que estalló con la burbuja de internet, el capitalismo abandonó los relatos épicos que tenían como protagonistas a “personajes conceptuales” como el emprendedor, los creativos, el trabajador independiente “orgulloso de ser su propio patrón”, quienes mientras perseguían sus intereses personales estaban trabajando por el bien de todos. La implicación, la movilización subjetiva, y el trabajo sobre sí mismo, preconizados por el management desde los años ochenta, se reconvirtieron en una suerte de ley que transfiere a estos mismos actores los costos y los riesgos de la catástrofe económica y financiera. La población debe encargarse de todo aquello que las empresas y el Estado de bienestar “externalizan” hacia la sociedad, empezando por la deuda.
Para las patronales, los medios, los hombres políticos y los expertos, las causas de la situación no deben buscarse en las políticas monetarias y fiscales adoptadas, que ocultan el déficit operando una transferencia masiva de riqueza hacia los más ricos y las corporaciones, ni en la sucesión de crisis financieras que habían virtualmente desaparecido en los Gloriosos Treinta y que se replican despojando ferozmente de grandes sumas de dinero a la población para evitar lo que ellos llaman una crisis “sistémica”. Para estos amnésicos, las verdaderas causas de las crisis a repetición residen en las exigencias excesivas de los gobernados (especialmente los del sur de Europa), que quieren vivir como la cigarra, y en la corrupción de las élites (que en realidad siempre han jugado este rol en la división internacional del trabajo y del dominio).
El bloque de poder neoliberal no puede ni quiere “regular los excesos” de las finanzas, porque su proyecto político optó siempre por el mismo tipo de decisiones que derivaron en la última crisis financiera. Chantajeando con el fantasma de la caída de las deudas soberanas, busca llevar al límite aquel programa suyo que data de los años setenta: reducir al mínimo nivel los salarios, cortar los servicios sociales, que el Estado Benefactor se ocupe de los nuevos “necesitados” (las empresas y los ricos) y privatizar absolutamente todo.
Por nuestra parte, nosotros carecemos de instrumentos teóricos, de conceptos y enunciados para analizar no sólo las finanzas sino también la economía de la deuda, que las comprende y las desborda, así como a su política de sometimiento. En este libro intentaremos desplegar la relación acreedor/deudor a la luz de El anti-Edipo de Deleuze y Guattari. Publicado en 1972, aquel libro anticipó teóricamente los desplazamientos que el capital operaría más adelante. Y hoy nos permite, a través de una lectura de La genealogía de la moral de Nietszche y de la teoría marxista de la moneda, reactivar dos hipótesis.
En primer lugar, la idea de que lo social no se constituye por el intercambio (económico y/o simbólico), sino por el crédito. En la base de la relación social no existe una paridad (de intercambio), sino que hay más bien una asimetría deuda/crédito, que precede histórica y teóricamente a la dinámica de la producción y al trabajo asalariado.
En segundo lugar, la hipótesis según la cual la deuda es una relación económica inseparable de la producción del sujeto deudor y de su moralidad. La economía de la deuda duplica al trabajo en el sentido clásico del término, impone un “trabajo sobre sí”, de modo tal que la economía y la ética funcionan conjuntamente. El concepto contemporáneo de “economía” encierra al mismo tiempo la producción económica y la producción de subjetividad. Las categorías clásicas de la secuencia revolucionaria de los siglos XIX y XX –el trabajo, lo social y lo político- resultan así atravesadas por la deuda, y ampliamente redefinidas por ella.
Es por lo tanto necesario aventurarse en territorio enemigo y analizar la economía de la deuda y de la producción del hombre endeudado, para intentar construir armas que nos sirvan para llevar adelante los combates que se anuncian. Ya que la crisis lejos de terminar podría expandirse.

Este texto es la Introducción al libro La fabrique de l’homme endetté, essai sur la condition néolibérale. Traducción: Mirta Fabre y Darío Bursztyn.

sábado, 21 de enero de 2012

De una frase subrayada

En 1927, Marguerite Yourcenar subrayó entre la correspondencia de Flaubert, la frase siguiente:
"Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre." A lo que añade: Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo.

Visto el resultado, valió la pena el esfuerzo. Su Memorias de Adriano es tremendo.

jueves, 17 de noviembre de 2011

De una página abierta al azar...

Las olas, 1931
Virginia Woolf (traducido por Andrés Bosch)

"Pero es un error, esta extremada precisión, este avance ordenado y militar, es un error; una conveniencia, un embuste. En lo más hondo, siempre hay, incluso cuando llegamos puntualmente a la hora anunciada, con chaleco blanco y fórmulas de cortesía, una arrolladora corriente de sueños rotos, rimas infantiles, gritos callejeros, frases inacabadas e imágenes -olmos, sauces, jardineros que barren, mujeres escribiendo- que surgen y que vuelven a hundirse mientras cenamos con una dama. Mientras colocamos en perfecta situación perpendicular el tenedor sobre el mantel, mil rostros hacen muecas. Nada hay que se pueda pescar con una cuchara, nada que merezca el nombre de un acontecimiento. Sin embargo, la corriente es profunda y está viva. Inmerso en ella, me detendría, entre bocado y bocado, mirando con fijeza un búcaro, quizás con una flor roja, mientras un razonamiento se desarrollaría en mi mente, o percibiría una súbita revelación. O me diría, yendo a lo largo del Strand "Esta es la frase que necesito"...

Y sigue, y sigue, su escritura avanza y retrocede y hacia el final se precipita pero se cierra justo antes de romperse. ¿Y ahora? ¿Cómo se supone que he de seguir el día?

Touchée!

lunes, 13 de junio de 2011

A. Baños: La economía no existe

"Joseph Ackermann, presidente del Deutche Bank dijo en el canal Bloomberg el 17 de marzo de 2008: "Ya no creo en el poder de autocorrección de los mercados". Este acto de apostasía es una demostración más de que la economía es una creencia más o menos generalizada, no un conocimiento positivo.  Ningún científico se levanta de la siesta y dice "Ya no creo en la segunda ley de la termodinámica". Entonces si la economía no es una ciencia y se convierte en creencia ¿qué tipo de leyes la rigen? Fácil: las leyes de la narrativa. (...) La economía es un juego de metáforas que, estructuradas en forma de relato, constituyen una mitología. Tan antiguo y tan eficaz: "Los mercados internacionales se han metamorfoseado en un monstruo que hay que devolver al cubil", declaró Helmut Kohl a la revista Stern el 15 de mayo de 2008. (...) En economía, según Kohl, lo máximo que puede hacer uno es calmar con ofrendas las iras de los mercados. La economía es una fuerza demoníaca, telúrica. Desconocemos sus intenciones últimas pero como Dioniso puede llevar a los hombres a la locura o la riqueza con la misma facildad.
Tenemos pues fuerzas oscuras y palabras. Sólo palabras. El lenguaje es el sistema. Lo sostiene, es su órgano reproductor. El sistema se perpetúa (no sólo) con dinero, jueces y policía. Son las palabras, los conceptos, los que lo hacen invencible. Y, en el centro de los conceptos, el de la economía como ciencia. Pero son sólo palabras. La economía no existe en el mundo. Los planetas no se rigen por el tipo de interés. Las hormigas no se orientan por el euríbor. Los árboles no crecen de acuerdo con el PIB. Más de 30000 años de cultura sin economía nos contemplan, frente a los tres últimos siglos en los que ha imperado el reino de esta lúgubre ciencia."  La economía no existe, Antonio Baños.

Pues eso: a cambiar el lenguaje.

domingo, 17 de abril de 2011

A bunch of libros preciosos!

Pre Sant Jordi: del lado que me concierne en la librería.

- Fritz Kahn, Man Machine, de Thilo y Uta Debschitz, Springler Verlag.
- Eating The Bird de Michael Borremans, Hatje Kanz.
- Philippe Van Snick: Dynamic Project de Hilde Van Gelde et alt., ASA Publishers.
- Le tableau de chasse de Gilles Saussier, Le Point Du Jour.
- Enric Miralles a izquierda y derecha (también sin gafas) de David Bestué, Editorial Tenov.
- L'attrait des nuages de Dominique Paini, Yellow Book.  

Y del lado que no me concierne... GENTE INDEPENDIENTE de Halldór Laxness porque es una obra maestra. Sin más.

viernes, 1 de abril de 2011

Smithson: Un recorrido por los monumentos de Paissac, 1967.

Pero cuando estaba quedándome perplejo vi un letrero verde que lo explicaba todo:

YOUR HIGHWAY TAXES 21 AT WORK
Federal Highway U.S Dept. of Commerce
Trust funds Bureau of Public Roads
2.867.000 State Highway Funds/ New Jersey

Ese panorama cero parecía contener ruinas al revés, es decir, toda la construcción que finalmente se construiría. Esto es lo contrario de la ruina romántica porque los edificios no caen en ruinas después de haberse construido, sino que alcanzan el estado de ruina antes de construirse. Esta puesta en escena antirromántica sugiere la idea desacreditada del tiempo y muchas cosas "desfasadas". Pero los suburbios existen sin un pasado racional y sin los "grandes acontecomientos" de la historia. Oh, quizá haya algunas estatuas, una leyenda y un par de curiosidades, pero no hay pasado; sólo lo que pasa por ser futuro. Una utopía sin fondo, un lugar donde las máquinas no funcionan, el sol se ha convertido en vidrio y la fábrica de hormigón Paissac hace buenos negocios con PIEDRA, BITUMINOSOS, ARENA y CEMENTO.

pag.19-20. Robert Smithson, Un recorrido por los monumentos de Paissac, Nueva Jersey.