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martes, 25 de agosto de 2009

Augustus 4/4




4. Los suplentes.
El primer agosto en que decidió quedarse en su casa, acabó llamando “papá” a un desconocido. Era un pariente lejano que vivía en Perth, Australia. Vino con su familia a pasar unos días. Al llegar, se encontró con dos juegos de sábanas limpias, una tarta en el congelador y una joven que, asqueada de cumplir años en un mes tan raro, decidió seguir trabajando, ¡como si no pasara nada! Aunque no fuese su intención, ella acabó imponiendo aquella necesidad al resto de la casa. En Australia, después de todo, vivían al revés, en las antípodas. Así que durante una semana fingieron ser lo que no eran: se vistieron de arriba a abajo, comieron primer y segundo plato y hasta les entró prisa. No eran los únicos en seguir aquel juego. De hecho, ella cayó en la cuenta de que la ciudad entera estaba llena de suplentes. Los veía en los bares y cines e incluso en la tele, donde Jessica Fletcher y Colombo seguían ahí, de repuesto. Por no hablar de su caso. Como otros veranos, hacía de Laura en una redacción donde ya tenían preparado el horóscopo de octubre -porque en las redacciones, todo se vive por adelantado-. Cuando por fin llegó su gran día, fueron a un parque de atracciones. No faltó tarta y regalos aunque, cosa extraña, la colmaron de souvenirs. Fue entonces, sólo entonces, cuando a aquellos australianos se les vio el plumero. Eran figurillas, postales e incluso una bola de nieve que pese a evocarle algo ligeramente familiar, le hablaban de un lugar en el que juraría no haber estado. Ese lugar se llamaba Barcelona y era su propia ciudad. ¿Lo decís en serio?- contestó, pero lo dijo con un acento tan extraño que incluso a ella le sonó extranjero.
FIN.

¡Valientes los que hayas llegado hasta aquí! Hoy también en el Cultura/s, La Culpa es de Satie.
Agosto se acaba. Propongo hacer de la exageración un género literario.

sábado, 15 de agosto de 2009

Augustus 3/4



3. Dejadez.
Existe gente que viaja sin salir de su casa y que es muy dada a hallar correspondencias entre lugares que ni siquiera conoce. A ella, sin ir más lejos, le sucedía continuamente. Un día, por ejemplo, vio en el Pasaje Sert un fragmento de París. Era un pequeño bulevard en el que tiempo atrás existió una agencia que se dedicaba expedir cartas desde cualquier parte del mundo. De hecho, hoy, muchas de esas postales se venden en el mercado de Sant Antoni porque nunca llegaron a su falso destino. Y es que según este sistema, uno podía hacer ver que estaba en Sofía o Budapest cuando en el fondo, no se había movido de casa o andaba haciendo el hortera en Torremolinos. ¿De qué extrañarse? En agosto el tiempo se dilata, pero nuestras exigencias también. “Juanita Banana”, “Mueve tu cucu…” Incluso es probable que el politono naciera justo en aquel mes, como las camisetas Acid House y las carpas. Y es que cuanto más lo pensaba, ¡qué difícil era cumplir años en el momento más indigno del año, cuando lo que no era insustancial, resultaba efímero! Y más, en el mediterráneo. Con tanto calor, uno podía ir a la playa a dormitar entre las páginas de una novela policíaca, o dedicarse a freír huevos sobre un capó. Porque agosto era el mes de las comidas poco elaboradas. De la risa floja y los engaños. Del arrancarse pelitos con las manos, de ver la televisión a todo trapo o pasarse el día en chanclas con una manguera en la mano. Lo había visto tantas veces… Aunque ella quisiera celebrarlo a lo grande, a su alrededor, todos acababan perdiendo las formas. Bostezaban y hablaban con frases cortas. Eran víctima de un ensimismamiento muy singular. A veces parecían ancianos esperando a que los demás vinieran a entretenerles, porque el ocio ya era una responsabilidad externa. Por eso, muchos padres enviaban a sus hijos fuera: de colonias, de intercambio o de au-pair. Ella, por ejemplo, cuando aún era adolescente se había sorprendido posando junto a una cabina de teléfono roja con una sonrisa que sólo existía en los libros de inglés, que no le pertenecía. Y era tan extraño…

martes, 11 de agosto de 2009

Augustus 2/4



2. Grand Tour.
En su caso, la invasión era clara. Los veía por todas partes. Eran exploradores de calzado cómodo que, al empezar el verano, se dejaban caer al final de la Rambla. Pero ella, empeñada como estaba en dignificar el agosto -pues insistimos, era el mes en que cumplía años- se acostumbró a verlo de otro modo. Ante sus ojos, aquellos seres panzudos eran mentes ilustres, arquitectos que cansados de estudiar a Palladio venían de Inglaterra, Bélgica y Francia a tomar nota. Lo hacían de acuerdo a una vieja tradición que, según dicen, murió con la llegada del tren. Por eso, ella siempre los veía aparecer en barco. Poco después ya estaban paseando, calle arriba y abajo, girándose hacia cualquier lado, o sentados en bares, mirando a la nada, hasta que por fin avanzan en grupo, escrutando los laterales de las avenidas, como abejas en busca de néctar. Era ahí, en las calzadas, donde daban con figuras pequeñas, curiosidades y otros detalles. De vuelta a casa –se decía- las expondrían en sus vitrinas, como piezas de anticuario que usarían para rememorar sus múltiples aventuras, aunque en el fondo fuesen todas de plástico. También les imaginaba dando conferencias, preguntándose en qué habían cambiado. Después de todo, viajar es adquirir experiencia, hacerse más sabio. Aunque había algo en su imprudente exposición al sol que le llamaba la atención, así como la insistencia con la que tomaban muestras de todo cuanto veían. Lo hacían con un artilugio pequeño. A veces, tanto escrutinio le entorpecía el paso pero ella se consolaba pensando que de aquellos viajes saldrían grandes obras, como las que en su día escribieron Milton o Shelley... Y es que si alguna vez Londres llegó a parecerse a París, o el Palacio de Montjuic al Vaticano, es porque ellos, viajeros, así lo quisieron.

lunes, 3 de agosto de 2009

Augustus 1/4


No hace mucho RED CABALLO -dúo de fotógrafos formado por Marc Roig y María Cavaller- me encargaron una ficción en cuatro partes que acompañara sus imágenes. Entonces me dio por escribir sobre los que como yo, cumplen años en agosto, justo cuando las ciudades y las personas pierden parte de su esencia y se convierten en otra cosa.
Hoy, en La Vanguardia, se publica la primera parte. Desde ya quería agradecer a las dos Jennys por su paciencia y buen ojo, a Elena, y a Marc y María por darme esta oportunidad. http://www.redcaballo.com

Adjunto captura desde mi ordenador, para los refunfuñones que dicen que nunca aviso. (Me ha costado varios posts subirlo...)

1. Cerrado por vacaciones.
De pronto vio cómo una bola de fuego se acercaba lentamente hacia ella. Era una tarta e iba en manos de un chico joven que, como tantos otros, se estrenaba haciendo de camarero en aquel restaurante. La dejó sobre la mesa, bajo su cabeza. Aquel día cumplía años y su familia había decidido celebrarlo a lo grande. Con una buena comilona, velas y bengalas. ¡Muchas bengalas! De hecho, ahí estaban todas las que no se habían usado en San Juan. Cuando cayó en la cuenta, le entraron ganas de llorar. No es que le molestase celebrar su cumpleaños con las sobras de una fiesta anterior y en un restaurante cualquiera –de esos que abren todo el año, y sirven bufets o plato combinado-, es que sabía que todas aquellas lucecitas estaban ahí por una razón. Digamos que era el complemento festivo al que recurrían sus padres para encubrir el hecho de que en su cumpleaños nunca había nadie. Las usaban para hacer bulto, como el confeti, porque sus amigos estaban fuera, de viaje, en la playa o, en el peor de los casos, haciendo de vigilantes en una piscina en la que se les pagaba por estarse quietos. Sí, su labor era asegurarse de que no pasara nada. Y ella tenía tantas ganas de que sucediera algo… Sobre todo aquel día. Pero es lo malo de cumplir años en pleno verano. Por mucho que te recuerden la suerte de haber nacido aquí o allá, en agosto, nadie sabe en qué día vive y poco importa de dónde eres porque ese lugar cambia.