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martes, 18 de mayo de 2010

lunes, 15 de marzo de 2010

Es niña.



Su sobrina nació con antelación. A las 3h25, en un hospital del sur de Londres.
En cuanto se enteró, llamó a su madre. ¡Es niña!!- dijo la madre. ¡Hamburguesa!!- contestó ella, porque "Aleluya" le sonaba raro. Le preguntó cuánto pesaba. Dos kilos setecientos. Entonces, buscó por casa algún objeto para hacerse una idea aproximada de lo que sería tenerla entre las manos. Lo consiguió sumando dos libros, un paquete de harina y pan rallado. Y a las 9h25 se hizo esta foto, para celebrarlo.

jueves, 27 de agosto de 2009

Un año



¡Daniela!
Aunque ahora mismo me alejo de tu zoológico en miniatura, no olvido que hoy cumples UN año. ¡Qué lástima perderme tan grandioso día! Sé que vas de camino a Japón. ¿Serás chuleta? Aunque no te lo creas demasiado porque yo, a tu edad, andaba en Canarias que caía casi tan lejos como Tokio. (Debes saber que en mi época no existía el Low-Cost y viajar a lugares en lo que hubiese que restar o sumar el tiempo era cosa de ricos. O de padres modernos.) En Canarias, por cierto, trabé amistad con un pastor alemán que pesaba y medía más que yo. Se llamaba Negro. Fue una amistad de verdad, que me marcó profundamente... ¿Será por esto que mis jerseis son siempre del mismo color?
Adoro tu buen humor, que seas pelirroja y clavadita a tu madre. Que tus orejillas se resistan a llevar pendientes. ¡Di que sí, mujer, que eso es cosa de viejas! Que seas tan folklórica –¡esos cantos!- y me pegues sustos en plan coqueta, a un palmo de la cara, con unos ojitos de esquimal que ni Bjork. También admiro la generosidad con la que te dejas embestir, generosidad que rompes de vez en cuando con un buen derechazo. Siento ser así. Tus “albondi-piernas y brazos” me generan violencia y la extraña sensación de volver a casa porque, contigo, todo parece rebotar. Y si las cosas rebotan es como si nunca pasara nada, como si todo volviera a su lugar. A todo esto: recuerda que vivir entre colchonetas es mejor que hacerlo entre algodones... ¡Creéme! Y si no lo haces, no olvides que parte de la culpa la tiene tu padre. Con 11 años, Dani me zurraba a almohadonazo limpio haciéndose pasar por Conan el Bárbaro y convirtiéndome en lo que ahora soy: una chavala un tanto impulsiva. Me pregunto si en Carnaval te hará cascos de Rey Arturo con cartulina y cosas por el estilo… o te enseñará a ser una niña, con códigos de niña. Aunque gracias a todos, las cosas han cambiado un poco y de aquello solo queda lo mejor. Y es que hasta en nuestras peores batallas –esas en las que perecieron varias lámparas- siempre me sentí muy querida por el bestia de mi hermano/tu padre. ¿Qué más, pelirroja mía? Adoro el ritmillo con el que gateas ciertos pasillos del ensanche, ya sean las nueve u once de la noche… y cómo te lanzas al agua con bañadores de topos remolones. ¿Serás farruca? ¡Cómo te mola la juerga! Fijo que cuando vuelva a verte, estarás despierta y a punto de sonrisa.

Hasta entonces...¡felicidaaaades!
Te quiero cantiduvi.
Tu tía.

jueves, 16 de julio de 2009

domingo, 12 de octubre de 2008

Dublín 06-12 Oct. 2008


Ya estoy en casa... ¿hay alguien ahí?

domingo, 31 de agosto de 2008

Foto de familia


Ayer, domingo 31 de agosto, mientras medio país se hacía a la idea de lo que le esperaba mañana, mi sobrinilla Daniela decidió asomar la cabeza... así que ya tenemos un motivo de unos tres kilos novecientos gramos para celebrar la "vuelta al cole". Y lo mejor es que ese motivo irá creciendo y creciendo... Entonces, para cuando deje de hacerlo, el cole será agua pasada y no habrá problema.
A todo esto, se merece ser pelirroja y en vez de pendientes, llevar petos tejanos y pulseras de caramelos en cada muñeca o cualquier cosa que lleve velcro. Sí, se merece todo eso.

PD: Los pastelitos los hizo su primo Laslzo.

domingo, 21 de octubre de 2007

Liberté, Égalité, Fraternité...




- ¿De qué se trata? ¿De una revuelta?
- No, sire. De una revolución.

El duque François de La Rochefoucauld-Liancourt al rey Luis XVI, tras ser informados de la toma de la Bastilla.

domingo, 29 de julio de 2007

Moby Dick



Extracto del diario que A. Valdés está escribiendo a su sobrinillo L. Alford-Valdés, sobre bigotes, Bauhaus, montañas rusas y ballenas.

“Ahora no dejas de decir “agua”. No sé si es que siempre estás sediento o es que la ves por todas partes. En esta ciudad es tan fácil...Cuando no está nublado, llueve.
El sol ha salido en Holborn pero yo venía de Old Street. Me he metido en la Victoria Miro Gallery a ver una expo de Francesca Woodman. Sus fotos tienen algo muy espectral. Espectral viene de espectro. Los espectros son presencias sobrenaturales, como los fantasmas. Como Casper. Y eso me gusta. Luego he seguido caminando un rato y sin buscarlo, he acabado en la Whitecube. Justo antes de llegar, me he topado con otro espectro. Esta vez lo he reconocido. Era nada más y nada menos que... ¡Nick Drake! Estaba apoyado a una pared, como siempre. No sé si Nick Drake tenía tanta sed como tú pero una vez escribió una canción muy bonita que se llama “River Man”. Le he hecho una foto.
En la Whitecube he visto otra expo. No sabía quién era Damián Ortega pero me ha gustado bastante. En una de sus instalaciones usa un Volskwagen que desmonta pieza a pieza. Es bonito ver toda la estructura colgando del techo, con varios hilos, como si fuese un fósil de dinosaurio o algo similar. El coche en cuestión se llama Moby Dick porque es blanco y su tripa está llena de piezas que recuerdan a los huesos de una ballena. Parece ser que en algún momento, como parte de una acción, este señor quiso capturarlo (como el capitán Ahab quiso capturar a su ballena), así que lo rodeó con cuerdas y más cuerdas, pero el coche logró escapar. No importa. Es un gesto bastante épico, que en sí ya significa muchas cosas, como el que haces tú cuando te levantas y caminas sin agarrarte a nada. Hay que ver la cara de vértigo que pones...Mirándote he pensando en escribir un cuento sobre un adulto que pese a tener 30 años sigue agarrándose a todas partes y claro, no ha encontrado su punto de equilibrio, y todo porque tiene miedo. Pero es un miedo tan tonto, como el que te entra cuando tienes que tirarte de cabeza desde un trampolín. No hay que pensárselo demasiado si no, no hay manera. Esto me recuerda a una frase de un libro: Cielos, ¿te ha pasado alguna vez... Tener que bajarte de un tobogán por el lado de la escalera...?
Siempre me ha gustado esa frase. Es de Baricco. Y sí, me ha pasado un trillón de veces.
De vuelta a casa P. nos ha dicho que te has hecho un chichón.Buen chico."

martes, 26 de junio de 2007

Tiovivos




No sé si pega hablar de mi sobrinito Laszlo Valdés-Alford en este blog pero como es la primera y única proto-persona que conozco, pues os aguantáis.
Quiero hablar de él porque los tiovivos le interesan un pimiento. Llegaría incluso más lejos: no es que le interesen un pimiento, es que cuando le subimos a uno le da un jamacuco existencial de aúpa; jamacuquismo del que, dicho sea de paso, yo me siento muy orgullosa. En la familia Valdés y alrededores esos achaques dramáticos son muy corrientes, sobre todo en el sector femenino. No sabemos muy bien de dónde vienen, pero están. Yo creo que todo empezó o mejor dicho, se aceleró, con un viaje. Porlospelos, Hermadre y yo fuimos a Buenos Aires. Durante el vuelo, un rayo sacudió nuestro avión de tal modo que las compuertas de varios maleteros se abrieron de golpe. Algunos pasajeros hasta dejaron caer un grito. Bueno, fueron grititos, de ésos que no acaban de consumarse y dan todavía más miedo. Desde entonces, Hermadre y Porlospelos tienen pánico a volar. Cuando digo pánico, es pánico. Yo, por mi parte, soy incapaz de sentarme al volante de un coche.
Pero la cosa no acabó ahí. Una vez en Argentina, además de vivir alguna que otra situación surrealista, nos daban calambres constantemente. Yo recuerdo uno en el Hotel Aielo, al apoyar mi mano sobre el pomo metálico de una puerta. Casi me deja frita. Pero más desconcertante fue el que tuve al darle un beso de buenas noches a mi hermana. ¡Pegamos tal brinco! A mí, hasta me chirriaron los dientes. En los días sucesivos, por miedo a no acabar electrocutadas, Hermadre, Porlopelos y yo empezamos a tantear el terreno, calibrando aquí y allá qué intensidad dábamos a todos y cada uno de nuestros gestos. Yo, sin ir más lejos, perdí confianza hasta en los cubiertos. Los abordaba como quien aborda algo desconocido, antes de sostenerlos con la propiedad con la que los adultos sostienen los cubiertos. En fin, no sé si os ha pasado alguna vez pero es algo agotador y tan raro... Para colmo, también sucedía que a veces, como resultado de aquel desajuste magnético nos daba la risa floja. Y no queríamos. No podíamos...
Quizá eso explicaría por qué una tarde, acabamos las tres rendidas, sobre el camastro de matrimonio de una gran "mamma". Era la mujer de un psiquiatra, amigo de mi padre, que por cierto también es psiquiatra. Le acompañamos a dar un curso de patrones a, b y c de comportamiento en la universidad de San Luis. Un pueblo al que no creo que volvamos jamás. En fin, como decía, aquella mujer nos acogió en su casa. Se parecía a Carmen Sevilla y el olor a cuarto cerrado de aquellas sábanas nos sigue asombrando tanto hoy como en su día. Y es que... ¿qué hacíamos las tres tiradas, con nuestras tripas cargadas de lasaña, dormitando con la tele de fondo? Sólo el abatimiento puede explicar que acabáramos postradas de aquel modo, en aquella habitación, mirando al televisor.

Todo esto para decir que algo de eso se ha quedado en nosotras cuando nos juntamos. Entonces, la vida nos parece de tal voltaje que casi nos cuesta sujetarla. Un poco como le pasa Laszlo, dando vueltas y vueltas en su tiovivo, como con cara de no entender nada, como diciendo: ¿De qué va todo esto? Yo venga a dar vueltas y vueltas en un coche de madera que encima está pegado al suelo... ¿y se supone que es algo divertido? No entiendo...
Me gusta que espere más de las cosas, y que al acabar el día se duerma, cansado, tan abatido... Como si tuviera una lasaña gigante deformándole ese ombligillo tan elástico y tierno.
O a lo mejor, lo único que quiere es andar... Y ya. Si así, siento todo este rollo.

Por cierto, en París, en 1997, yo salté de un tiovivo que estaba en marcha. Fue tal el trompazo que me metí, que tuvieron que pararlo. Al día siguiente, me desperté en Rue de Rivoli, en el mini-macro-nano apartamento de mi hermana, con un morado enorme en la pierna. Tan grande, que apenas cabía en su cuarto. Es otra de esas historias que a ella y a mí nos encanta recordar. Cabe decir que en esa época, ella estaba muy muy triste -comía mirando a la pared. Y yo, tan perdida, que una gorra Kangol me cubría la cabeza. Para colmo, era de tela de toalla... Me gusta ver que desde entonces, las cosas han cambiado.