lunes, 12 de octubre de 2009

Texto tostón y antinocilla.

“Es difícil encontrar imágenes en este paisaje tan agredido. (…) Iría a buscarlas a cualquier sitio.” W. H a W. W. Tokio-Ga.
“Cuanto más concreto eres, más universal te vuelves”.
Lissette Model a una joven Diane Arbus


VOMITONA.


Estoy sentada en un banco cuando de pronto descubro que a mi lado hay un señor. No sé de donde ha salido.
- Andrea, querida ¿es que no te das cuenta? – me pregunta, en un catalán tan cerrado que suena a ruso- La literatura se está extinguiendo.
Lo dice con despreocupación, mientras se lima las uñas con sumo cuidado.
- Ni que sus dedos fueran violines- le contesto, tratando de pasar por alto su comentario, pues ese señor es el diablo y por el tono de sus palabras sé que tiene razón, que sólo es cuestión de tiempo.

Entonces me despierto. Ya sé que es de mal gusto empezar con una pesadilla pero ésta, en concreto, me ayuda a situar una historia que incluso a vosotros, lectores, os incumbe.

Es una historia que se escribe en diferentes tiempos. Empieza siendo yo muy niña, con una pataleta. Detesto mi nombre. Como rima con fea y diarrea, exijo un cambio. Ni María, ni Almudena. Quiero llamarme Mallory, con dos “eles” y una “y”. Mis padres, por supuesto, declinan mi petición. Es más, se ríen de ella, y yo siento que el mundo es injusto. Pero tiempo después me sorprendo a mí misma celebrando aquella injusticia. Lo hago con una alegría amarga, porque con su intransigencia mis padres no lograron cambiar el curso de los acontecimientos, y aquí estoy, apunto de iniciar una gesta que muy pocos entenderán.
Pero no nos anticipemos. Expongamos más hechos.

Al finalizar la carrera y con el genio templado de tantas pataletas, decido no sólo conservar mi verdadero nombre sino seguir mi vocación. “Quiero ser escritora”- me digo, inclinándome como se inclinaría un guerrero que asume un enorme riesgo, sin saber muy bien por qué lo hace o si tendrá éxito. Ensayo. Voy tanteando el teclado. Entonces me viene a la cabeza el pelo cano y lacio de Carmen Martín Gaite y el de Ana María Matute, parapetadas ambas en castillos y palabras imposibles, lejanas. ¡Miranfú! –dice la una, mientras la otra se acostumbra a viajar en carruajes. Me asusto porque por muy digna que sea su literatura yo no quiero vivir así, rodeada de naftalina y gatos, o entre medias grises y color carne.

Cierro los ojos. ¡Un momento! Pertenecemos a tiempos distintos y hay tantas posibilidades…
Cuando por fin anuncio en casa mis planes de futuro, todos aplauden mi valentía, a sabiendas, quizás, de que mi mayor enemigo seré yo misma, pues si ignoro cómo hacer el pino o el espagat, se me dan muy bien las zancadillas. Sí, tiendo a complicarme la vida… Aunque al principio no. Al principio me divierto. Sentirse dueña de todo, incluso de aquello que está por existir, es una sensación tan poderosa. No me planteo por qué mis personajes viven en casas adosadas, escriben como hablan y apenas practican el sexo. Son artefactos, catalizadores de una acción. Algunos dicen: Es que están alienados, pero yo siento que la alienación es una excusa moderna para justificar un hecho: y es que esos personajes no sobreviven al propio cuento. En cuanto su acción se desarrolla, ellos desaparecen. De ahí que necesite clausurar mis historias con finales fuertes. Me digo: si su vida ha de ser breve porque yo no sé hacerla más larga, por lo menos ¡que mueran dignamente!

Pasan los días y esa necesidad empieza a hacerse tan grande que a mis palabras les acaba sucediendo lo que a mis personajes. Existen, pero están demasiado orientadas hacia un objetivo. Digamos que ya nacen con una intención. Se comportan como las cuerdas de un piano que es preciso afinar para dar con la nota correcta. Y eso me molesta porque soy joven y estupenda y, ante todo, quiero ser radical. Sí, quiero romper moldes.

Cuando por fin me dispongo a celebrarlo, llaman a la puerta.
- Toc, toc, toc…
Es Tom Wolfe, el inventor del Nuevo Periodismo, aunque yo hago ver que no lo sé y él se queda ahí, plantado, esperando que le diga algo.
- ¿Quieres jugar a papás y mamás?- le pregunto entonces.

Y acto seguido le invito a tomar el té en una cocina imaginaria. Se sienta en la mesa, justo donde yo estaba sentada antes. La silla está caliente. Me pregunto cómo puede él vestir de blanco y ser mi cocina así de hortera. Es de “clase obrera años setenta”, con rombos marrones en las paredes. A decir verdad, se me hace extraño ver al ilustre señor Wolf en un piso así, de suelo hidráulico y pasillo largo, pero él me sigue el juego. Da un sorbito en una taza que no existe. Habla.

- He venido a anunciarte algo.

Y con su aspecto pulcro, inmaculado, sigue moviendo los labios, mientras yo pienso en la pared. Me gustaría darle a entender que aquellos rombos marrones, tan españoles, son un error. Los he sacado de una película. Pero él sigue a lo suyo. Me dice:

- Los talleres literarios están matando a la buena literatura.
- Pues…vaya por dios- contesto yo, no sin cierta ironía.
- ¿Crees que estoy de guasa?

Esto lo dice en otro tono y eso me intimida, así que niego con la cabeza, mientras pienso: Tom Wolfe ha dicho “guasa”. En su boca suena tan raro… No me gusta. Como tampoco me gusta el discursito que me está soltando, así que me acerco a él y le doy una palmadita en la espalda como se la daría a un anciano que tiene su cabeza en otro lado. Mi gesto, sin embargo, no produce el efecto esperado porque Tom Wolf se parece demasiado al diablo. De hecho, habla casi como él. ¿Y quién quiere dar la razón al diablo?

Cuando por fin logro echarle, sigo escribiendo como si nada de aquello hubiera sucedido. Pero ha sucedido. Hay algo en esa frase que me intriga. No me deja trabajar. Me la repito, una y otra vez… “Los talleres literarios están matando a la buena literatura.” La pienso. No es una frase es una advertencia. Está aludiendo a esos jóvenes escritores que queriendo ser originales, se enquistan en la experimentación y acaban siendo todos iguales. Es decir: un coñazo. Pero yo, por supuesto, me defiendo. Le digo que para ser el diablo ha pasado por alto una cuestión importante: y es que en mi país no existen talleres literarios como los que hay en Estados Unidos. Ahí, según tengo entendido, existen talleres para todo –te explican desde cómo pelar una zanahoria a cómo dirigir tu primer corto. Aquí, sin embargo, tendemos a la improvisación, así que no le escucho y sigo a lo mío.
Mi problema, además, está lejos de resolverse. Siento que mis palabras siguen encorsetadas y quiero liberarlas, “romper con la simetría” como diría el aprendiz de arquitecto, ignorando que su verdadero reto es emularla, crear la ilusión de que existe, no venir cargársela. Y es que, ¿desde cuando el mundo es simétrico? Pero como soy joven necesito darme cuenta. Necesito equivocarme. Entender que incluso Walter Benjamin ha escrito tonterías. “Toda gran obra crea un género o acaba con él.” ¡Cielo santo! Hay que desconfiar de las frases grandes. Aunque suenen bien, tienden a la injusticia y resultan un incordio. Sobre todo a las que como yo, se las toman tan en serio. Porque yo me tomo ciertas cosas muy en serio. Lo supe el día en el que sin querer, me encerré en mi propia casa. Os diréis que es absurdo, pero puedo explicarlo. Veamos…

Antes necesitaba ensuciar toda mi ropa para llenar una lavadora, de modo que si llovía tenía que esperar en pijama a que mi armario entero se secara. Pero una semana llovió tanto que no pude salir de casa. Por no oler “a cuarto cerrado”, me negué a tenderla dentro, lo que me llevó a un descubrimiento aún más insólito: y es que mi libertad equivale a tres camisetas y un tejano. Es esa “carga extra” que no cabe en mi lavadora. La que me da un margen para salir fuera y seguir viviendo, aunque llueva a cántaros. Dicho así, da pena. Lo sé. Yo pensaba que la libertad era algo mucho más complejo y noble que calcular la carga de una lavadora. Se ha luchado y escrito tanto sobre ella… Pero resulta que en mi caso se reduce a un asunto doméstico y es tan decepcionante. Al parecer, no soy la única que tiene un problemilla con esto. También existen los Bolaños, esos seres entrañables que se atrincheran en juegos literarios porque han descubierto que la libertad es un asunto necio, ¡de cargas de lavadora!-, y ellos, que tienen tan buen gusto, no están dispuestos a asumirlo. Viven de espaldas al mundo, invocando a Mussil y Joyce, porque tienen una madre que les tiende la ropa por ellos. Y eso no es justo.
¿Entonces? Una lavadora no deja de ser una lavadora, y aunque otros –los más modernos- se empeñen en hacerla sublime, su belleza se agota. Así que ni una cosa ni otra. La libertad como la literatura tiene que existir y tiene que existir con una nueva forma, pero ¿cuál? No lo sé. Por eso sigo buscando.

En mi urgencia por hacer algo distinto, leo a los clásicos. Me pregunto por qué hay gente que cuando dice que “hay que probarlo todo”, acaba probando siempre lo mismo. Mi respuesta es una enorme burilla. Esta vez se la dedico a esos escritores jóvenes, amigos de la contracultura, cuya prosa de pinchadiscos me resulta de lo más insulsa. Sin vida. Está bien: pensar que la literatura es un vivero de a) cursis-elogia lavadoras, b) Bolaños nostalgicones y c) capullos a secas, es desalentador. ¿Y qué gano yo haciéndome burillas?

Decido cambiar de actitud. Me apunto a un curso de pesebres. Al principio me pregunto qué hago rodeada de tanto viejo pero enseguida me dejo ganar por su lucha. Y es que hay que ver cómo se afanan en construir piezas pequeñas que luego colocan en un lugar determinado. Muchas se les rompan en las manos, porque les tiembla el pulso, pero ellos vuelven a empezar y yo, con el paso de los días, empiezo a disfrutar del espectáculo.
Me gusta ver cómo las instrucciones de mi cerebro se traducen en gestos pequeños, diminutos, pero que tienen un relieve y un peso específico. Forman un escenario donde todo ha sucedido o está a punto de suceder. Estoy trabajando en los últimos detalles cuando de pronto descubro que no son los talleres literarios lo que nos están arruinando, sino el cine. Miramos demasiado. Miramos todo el rato. Con razón son muchos los que piensan que nuestros mejores libros son ahora series de televisión. Yo, desde donde estoy, me resisto a creerlo, pero los hechos se va imponiendo y aunque quiera, me es difícil escapar de ellos. Después de todo, si descubrí los viajes en el tiempo no fue por Wells o Julio Verne… ¡Lo he dicho tanta veces! Me los enseñó Steven Spielberg con toda clase de efectos. Entonces lo que se nos exigía era ser crédulos, y así estamos, queriendo ser Mallories en un mundo que ya ni siquiera existe en otra escala, sino en un pantalla. ¿Y qué fue de nuestra propia imaginación? ya no trabaja. Se la han comido con patatas… ¿Creéis que exagero?

Un día, un escritor japonés a quien todo el mundo reverencia aterriza en Barcelona. Su llegada causa furor y eso le complace. Explica que en su país no tuvo muy buena acogida. Le gusta pensar que es por desacreditar a Mishima. En cualquier caso, ahora no le va mal pues es propietario de un restaurante, 7000 vinilos, y una hermosa casita. La mandó construir en una isla. La misma en la que se rueda una serie norteamericana, sobre gente que está continuamente perdida. Estos datos me desconciertan. Me cuesta creer que además de tener tiempo, los escritores puedan tener cosas como un restaurante, 7000 vinilos y una casita, y encima seguir una serie de televisión. Si es así no quiero saberlo. Me da grima.

A lo mejor es porque me gusta pensar que los grandes escritores, como los guerreros, tienen vidas anticuadas. “No están para eso.” Aunque tampoco deberían dejarse fotografiar con sus abrigos arrugados y ese cigarrillo agónico, a punto de ser colilla… pero en fin, volvamos a nuestro escritor nipón. Cuando acaba con su discurso, llega el turno de las preguntas. ¿Querrá ver mi pesebre? Aún no está acabado pero me gustaría enseñárselo, para invitarle a pensar en todo esto. Voy a levantar la mano cuando el periodista que está justo a mi lado, se me adelanta.

- Cuando usted abre el bolso de una muchacha japonesa y vemos lo que hay en su interior, encontramos lo mismo que puede haber en el de cualquier muchacha de cualquier ciudad– dice.

Me asombra que este comentario se entienda como un elogio porque el escritor en cuestión no interesa por ser exótico, sino próximo. La proximidad de las cosas es un valor en alza, un valor que no soporto. Quizá por eso, los libros que se escriben ahora me hacen viajar tan poco. Me llevan todos al mismo sitio, como si en vez de pertenecer a algún lugar, ya solo se pudiera pertenecer a un tiempo. Muchos lo llaman la posmodernidad y yo LO DETESTO.

- Señorita, señorita…-dice una voz.
Es entonces cuando descubro que en todo este tiempo no he bajado el brazo.
- ¿Desea hacer alguna pregunta?
Me acercan el micrófono.
- Yo…- se oye un pitido estridente- quería saber si su idea de la libertad se aproxima a una lavadora.

El traductor parpadea. La gente se ríe. Recuerdo que no hace mucho un tipo se atrevió a proclamar el fin de la Historia y también hizo el ridículo. Puedo entenderlo. La Historia, señores, no se acaba, en cualquier caso, se repite. En ella, siempre hay supermercados y gasolineras y bolsos que de no ser iguales, son muy parecidos o podrían llegar a serlo. Y familias disfuncionales. Pero rara vez se habla de cómo reformar el campo, de Dios y esas GRANDES COSAS. Quizás es porque estamos demasiado ocupados con nuestro ombligo porque, hete aquí, que nuestro ombligo se parece demasiado a un botón y a nosotros, los humanos, nos encanta darle a los botoncitos. Presionar una tecla y ver qué pasa… Y ole, ¡venga a imprimir libros! Con esta clase de gestos, ¿a qué podemos aspirar?

En esas estoy cuando de pronto se cruza por mi camino una segunda persona. Es un artista con un futuro prometedor. Se llama David.
David es conocido por sus acciones pero hasta donde yo sé nunca ha pretendido herir sensibilidades, por eso llamarle “accionista” sería ubicarle en una corriente artística que le queda lejos. En Viena, para ser exactos, cuando para él todo empezó en Mataró. Fue ahí donde se plantó con Marc, su pareja artística, con la intención de elaborar “micro-instalaciones, objetos de camuflaje y terrorismo selectivo”.
Entre sus proezas destacaría las siguientes:
Acción 9: Dibujar pollitas con vaho en escaparte.
Acción 27: Dejar conejo de plástico entre las puertas mecánicas de una librería infantil.
Acción 41: Formalizar pintada de banco (José & Carol: T.Q.M 19-12-01) con una plaquita. Etc, etc.

Desde entonces los dos han emprendido acciones de diverso calado – algunas abarcan al universo entero- pero puestos a escoger, yo querría hablaros de una hazaña en concreto, quizás la más tonta… Se trata de un póster titulado “Momentos relevantes de la Cataluña contemporánea”. En él aparecen una serie de viñetas. Se ve a la familia Tous frente a un gato aplastado, a Isabel Coixet esnifando una ralla o a Nicolás Tudurí cazando en Nigeria. Un día decidí colgarlo en el pasillo de casa, pues es algo que hago incluso ahora. Colgar posters. Solo que ese póster no era un póster, sino un auca.

- Un ¿qué???
- ¿Has nacido aquí y no sabes lo que es?- me preguntó.

Reaccioné a su sorpresa con un gesto contundente. Nada de justificaciones, ni cambios de tema. Me entregué. Fui directa al banquillo de los acusados, diciéndome: si yo, que he nacido en Cataluña, desconozco hasta el auca, ¿qué puedo ofrecer como escritora? Porque a Dalí o Buñuel no los trajo una cigüeña. Eran figuras que venían de algún un sitio, un sitio lleno de grandeza y miseria, que les ha hecho ser lo que hoy son. Y como él, tanto otros. Stendhal, Gógol, e incluso Joseph Conrad. No es que piense que para escribir bien se tenga que vivir mucho pero, por lo menos, conviene vivir en algún sitio, aunque sea para deformarlo y, por qué no, acabar con él. Un sitio con sus esquinas, iglesias, bares y sistema de medidas. Un sitio más tangible que las películas que uno ve y los libros que uno lee. Además, los chicos listos siempre acaban leyendo lo mismo.

Por eso esta mañana me he asomado al balcón: Adiós Julio Cortázar, señor Salinger y Raymond Carver. Adiós…- he dicho. Y, sin pensarlo dos veces, he tirado todas sus novelas. Abajo alguien ha llamado al 061.

- ¿Cuál es el problema?
- ¡Es que llueven libros!- ha dicho una voz.

Entonces me he acordado de los anuncios de la vuelta al cole. Los del Corte Inglés. Pero antes de que las sirenas se pusieran en marcha, he cogido una maleta ligera y me he plantado en casa de David.

- ¿Nos vamos?- le he preguntado, porque él siempre está a punto. Con ganas.

Así que aquí estoy, dispuesta a iniciar una hazaña que de tan absurda, resulta literaria. Voy a viajar por Cataluña, a ir en busca de lo auténtico, de aquello que me timaron los que salían en la televisión y no me dejaron mirar hacia otro lado. Y luego, si me apuran, seguiré por España. Es probable que mi idea de lo auténtico sea una impostura o que, otra vez, reaccione demasiado tarde. Que mi llegada a esas tierras desconocidas, secundarias, acompañada de una artista, una grabadora y un par de pilas, suscite interrogantes. Si me preguntan no les diré que he venido a salvar la literatura, que ellos -viejos de pueblo- son mi única salida pues, insisto, no creo que se pueda escribir bien si no se pertenece a ningún sitio. Como mucho me encogeré de hombros, dando entender que solo soy una chica de ciudad con un propósito anacrónico. Y es que aunque suene derrotista, siempre defenderé a los que como el Quijote, decidieron hacer algo en el momento equivocado, con la única esperanza de que algún día, el tiempo venga a darles la razón.

Me parece algo muy noble.

11 comentarios:

Tom Wolfe dijo...

Good Luck & Happy Trip.
I wish that you find the promised literary land as soon as possible.

porlatangente dijo...

Gracias señor Wolfe, aunque ahora estoy viviendo la segunda parte de este texto, y me CONTRADIGO escandalosamente! No se enfada si le digo que se parece usted mucho al diablo? Sus palabras de todos modos me han ayudado muchísimo. Gracias.

puaj dijo...

A ver si te haces Mallory!
(solo he leido el primer cacho)

Leandro dijo...

Pues yo lo he leído enterito del todo. No podía dejarlo. No sé si dando vueltas por ahí encontrarás el sitio, no creo que sea imprescindible moverse tanto. Mira fuera, pero mira dentro también. Algunos dieron varias vueltas al mundo y vivieron (o padecieron) grandes y no siempre estupendas aventuras. Otros (y otras) no salieron de su pueblo, y si me apuras, ni de la puerta de su casa. Y de unos y otros salieron grandes escritores. Y mediocres, claro, mediocres también. Importante: no confundir biografía con literatura. Una cosa es tener la legítima pretensión de escribir, y otra querer hacer de la propia vida una obra de arte. Lo segundo resulta agotador. Y malo para la salud, seguro. Y damos por sabido que la salud es lo que importa. Claro que a lo mejor todo esto lo digo porque el que no se consuela es porque no quiere. Pero bueno, al fin y al cabo, se trata de decir y de contar. Y nada más. Y tú pareces hacerlo bien. Y no seas Mallory.

anana dijo...

Aunque suene impopular: VIVA MALLORY.

todos llevamos una dentro. Y o se quiere ser como ella o se acabo uno enamorando de su clon

porlatangente dijo...

Leandro, gracias por tu comentario. Las demás... me resisto a ser como Mallory porque suena a niña secuestrada. Está trillado y da palo.

Maestro Tortuga dijo...

Leandro, ten points!

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=2NdHdk7vROo

Christine Sixteen dijo...

Mientras no viajes en bus y con los Alegres Bromistas...

Borde dijo...

¿Antinocilla? ¿De verdad?

Borde dijo...

“Los talleres literarios están matando a la buena literatura.” La pienso. No es una frase es una advertencia. Está aludiendo a esos jóvenes escritores que queriendo ser originales, se enquistan en la experimentación y acaban siendo todos iguales. Es decir: un coñazo.

[...]

En mi urgencia por hacer algo distinto, leo a los clásicos. Me pregunto por qué hay gente que cuando dice que “hay que probarlo todo”, acaba probando siempre lo mismo. Mi respuesta es una enorme burilla. Esta vez se la dedico a esos escritores jóvenes, amigos de la contracultura, cuya prosa de pinchadiscos me resulta de lo más insulsa. Sin vida. Está bien: pensar que la literatura es un vivero de a) cursis-elogia lavadoras, b) Bolaños nostalgicones y c) capullos a secas, es desalentador. ¿Y qué gano yo haciéndome burillas?


No, no quiero decir que el texto no sea antinocilla: me preguntaba acerca de si realmente estabas diciendo lo que me ha parecido que decías en el copia-y-pega de arriba.

El domingo pasado acabé Nocilla Lab, despúes de haber leído N. Experience y N. Dream, y me he quedado algo confuso. No sé si me estoy explicando bien. Como diría Wittgenstein, al que todo el mundo cita pero dudo mucho que alguien (me incluyo) lo haya entendido: "discutámoslo".

¿Estamos hablando de la misma Nocilla?

Quiero decir: ¿puede alguien, después de haber escrito un caleidoscopio ficcional, preguntarse "por qué una novela como 'Ulises' de Joyce, difícil donde las haya, es postulada como referente de la cotidianidad de una persona"?

Más que nada, para asegurarme de que realmente he comprendido bien (es tan raro este post, tan incorrecto, que me froto los ojos y lo vuelvo a leer); y de ser así, de no ser un espejismo... ¡qué alivio no estar solo!

Este blog también tiene buena pinta.